HANNS HEINZ EWERS: EDGAR ALLAN POE





 Nota de la traductora al inglés, Adèle Lewisohn.

Una de las razones para la influencia de Hanns Heinz Ewers en el verso y la prosa alemanes es su maravilloso sentido del valor de las palabras, de sus colores y sonidos, lo cual comparte con los maestros de todos los tiempos. Su instinto lo conduce hacia lo extraño, lo inesperado. Las acciones de sus libros tienen lugar en el alma humana ---- esa tierra de sueños que une nuestra alma al mundo espiritual.

La concepción de “Alraune” o “Mandrágora,” su libro más famoso, antecede a Pitágoras. Es una fábula de la planta que grita cuando es arrancada. Ewers combina esta historia con la ciencia de nuestros tiempos y crea una historia de extraña pasión, que no intenta intoxicar sino más bien explicar. Este libro no solo ha afectado la literatura de Alemania, sino la literatura de Francia, donde Ewers vivió durante años y ha colaborado con Marc Henry, un modernista francés, para llamar la atención sobre algunos cuentos de hadas franceses, “Le Joli Tambour,” y el poema dramático, “Les Yeux Morts,” ahora musicalizados por d’ Albert.

No puedo citar a partir de ninguno de sus poemas pues aún no han sido traducidos. En la serie llamada “El Alma de las Flores,” en una manera tan simple que parece casi ingenua, declara en exquisito lenguaje que si la rosa es la flor del amor en todo el universo, es porque ese pensamiento ha causado que llegue a ser lo que es.

Su “El Aprendiz de Brujo, o Los Cazadores del Diablo,” es una obra poderosa. Una comunidad de campesinos en una aldea de montaña italiana repite entre ellos mismos toda la pasión de Cristo hasta la crucifixión final. Una simple muchacha campesina es hipnotizada para creerse a sí misma una salvadora y cargar los pecados del mundo sobre sus hombros. De esta obra podemos decir que ciertamente nada de lo que es humano está separado de ella.

Ewers nació en Düsseldorf en 1871. Su padre fue un pintor sin mucho talento. Su madre era una mujer de gran fuerza de carácter que tradujo varios libros ingleses al alemán y que siempre ejerció una profunda influencia en su hijo. Ewers ha vivido en casi todos los países del mundo. Su libro “La India y Yo,” es una crónica de su vida en la India, y esa misma tierra nos es presentada a nosotros. Sus templos sagrados, sus bailarinas de rostros broncíneos con sus miembros oscilantes y brazos abiertos, sus inciensos, sus ídolos y faquires. Todo ofrecido con una nueva expresión, tal como visto a través de los dudosos, aunque encantadores y siempre personales ojos de Hanns Heinz Ewers.

Su conclusión es que lo oculto está tan profundamente enraizado en nuestra naturaleza espiritual que la mente es nuestro verdadero cuerpo, y la imaginación nuestra verdadera mente ---- que como fenómeno de la naturaleza no existe nada más sagrado y espiritual que lo carnal.

En una época cuando Poe era comparativamente poco comprendido, Ewers fue su intérprete alemán más comprensivo. Fue capaz de reflejar el alma de Poe porque son afines intelectualmente. Ambos se sienten como en casa, en “la neblinosa región intermedia de lo Extraño,” ambos habitan “más allá del Espacio, más allá del Tiempo.” Ambos han explorado los reinos del Horror. De hecho, Ewers ha ido más allá que Poe porque le fue revelado el misterio del sexo; para Poe, el sexo siempre fue un libro sellado. No obstante, su actitud hacia Poe, tal como queda demostrado en este pequeño ensayo, es casi como la de un devoto.

Adèle Lewisohn.
New York
Diciembre, 1916.




Edgar Allan Poe
En La Alhambra


Con ligereza, mis pies recorrían las grises escalinatas del viejo sendero que tan a menudo seguía hasta los bosquecillos sagrados de La Alhambra. La Puerta de las Granadas, detrás de la cual yo huía para escapar del tiempo, se abre de par en par ante mis ardientes deseos de manera suave, permitiendo errar hacia la tierra de los sueños, ---- donde los olmos murmuran, donde las fuentes susurran, donde desde los arbustos de laurel cientos de ruiseñores cantan, allí es donde puedo pensar mejor en mi poeta.


* * *

Uno no debe hacerlo. Realmente, no.

Uno no debe leer siquiera un libro acerca del artista que ama. Uno seguramente se verá desilusionado ---- ¿cómo puede el clérigo hablar de Dios? Uno debe ser muy cuidadoso, al respecto; muy, muy cuidadoso.

Se lo debe hacer de esta manera:

Tú amas a Firdusi ---- Goethe escribió acerca de él. ¿No conoces a Goethe? Muy bien. Primero lees todo lo que Goethe escribiera jamás antes de leer lo que tiene que decir acerca del poeta persa, y solo entonces, después que hayas comprendido absolutamente al hombre que escribe con respecto a tu favorito, tan solo entonces decides si leerás lo que él ha de decir con respecto a él ---- De esa manera, no te verás desilusionado.
Nunca leas lo que Fulano o Mengano escriban acerca del artista al que amas; incluso si ocurre que Fulano y Mengano son estrellas de primera magnitud, y si el poeta que amas es a su vez un minúsculo grano de arena en el universo ---- ¡no los leas! No los leas antes que conozcas a Fulano y a Mengano por completo; no hasta que sepas que tienen el derecho de sentarse a juzgar a tu artista.

Yo no lo hice de esa manera. Tengo algunas gotas de un pesado fluido en mi sangre, de uno u otro origen, de insoportable rigurosidad alemana. A partir de una suerte de sentido del deber, pensé, antes de escribir del poeta que uno ama, en leer lo que otros han escrito antes acerca de él ---- pensé ---- quizás ----

Acto seguido, leí mucho acerca de Edgar Allan Poe, y estoy tan desilusionado ---- tan, tan desilusionado. Hubo tan solo uno cuya mente pudo comprenderlo. Ese único fue Charles Baudelaire.

Baudelaire, quien creara arte a partir del hachís. Cómo de otra manera podría haber comprendido a Poe, él, ¡quién conformara obras de imperecedera belleza extraídas del alcohol y el láudano!


* * *

Ahora debo olvidar todo lo que los otros dijeron. Debo olvidar al horrendo Griswold, cuya completa biografía de Poe es nada más que una explosión de veneno. “¡Él bebía, él bebía, uf, él bebía!” Y al aún más horrible Ingram. Debo olvidar a ese idiota, quien resguardaba el honor de mi Poe balbuceando, “Él no bebía; en realidad, no bebía en absoluto.”

Rápidamente, antes que los olvide, debo anotar las fechas que hubieron de darme:
Edgar Allan Poe ---- nacido el 19 de enero, de 1809, en Boston. De familia irlandesa, con ancestros de larga data; con sangre normanda, céltica, anglosajona e italiana. En 1816 se fue a Inglaterra con sus padres sustitutos. Pasó unos pocos años en un internado de Stoke-Newington ---- En 1822 retornó a los Estados Unidos; en 1826 estudió en Richmond, y luego en Charlotteville. En 1827 hizo un viaje a Europa pasando aventuras desconocidas. En 1830 fue cadete en West Point ---- En 1834, fue editor del Southern Literary Messenger, en Richmond. En 1836, se casó con su prima, Virginia Clemm. Escribió ---- Vivió alternativamente en New York, Filadelfia, Richmond y Fordham. Las cosas resultaron muy mal para él. “Bebía,” dice Griswold. “No bebía,” dice Ingram. Murió el 7 de octubre en el hospital para pobres de Baltimore, a los cuarenta años.

De modo tal, esos son los detalles más insignificantes. Ahora podemos olvidarlos, también.


* * *

No obstante, cuán difícil es. Muy lentamente camino a través de la avenida de los olmos hacia el palacio del Rey. Giro a la izquierda y dando zancadas paso por la Puerta de la Torre de la Justicia. Me siento alegre por la mano1 elevada sobre mi cabeza resguardándome del hechizo del mal de ojo. Creo que mis sacerdotes permanecerán fuera. Ahora, ya he alcanzado la cima ---- a solas en esos recintos familiares.
Sé muy bien dónde deseo ir. Voy rápidamente a través del patio de los mirtos, a través de la sala de los Mocárabes, dentro del patio de los Doce Leones, ---- a la izquierda, a través de la Sala de las Dos Hermanas, y a través de las ajimeces.2 Entonces, arribo, ---- al balcón de la Torre de Lindaraxa, donde vivió Ayxa, la madre de Boabdil. Me siento en el alféizar, mirando hacia afuera por sobre los viejos cipreses.
Cuán difícil es olvidar. Allí están mis sacerdotes caminando por el jardín. Dos ingleses hipócritas. De sombreros redondos, pipas cortas, capas negras, con guías de viajero Baedekers en sus manos.

“Él bebe,” sisea uno.

“Oh, no, en realidad, no bebe,” dice en voz baja el otro.

Me gustaría hacer entrechocar sus cabezas. Me gustaría gritarles. “Aléjense, ratas, ---- aléjense. ¡Aquí se halla sentado alguien que está soñando con el artista que ama! Él canta en su lenguaje, y ustedes no saben nada de él ----”
Por supuesto, prestamente se fueron. ¡Estoy solo otra vez!


* * *

Él bebía ---- él no bebía. Esa es la manera en que los anglosajones discuten acerca de sus poetas. Ellos permiten que Milton se muera de hambre; le roban la obra de toda una vida a Shakespeare; calumnian a Rossetti y Swinburne; encierran en prisión a Wilde y apuntan su dedo hacia Charles Lamb y Poe ---- ¡porque bebían!
Después de todo, soy feliz de ser alemán. A los grandes hombres de Alemania se les ha permitido ser inmorales ---- o sea, para nada en relación a la moral como la entienden la clase media y los sacerdotes. El alemán dice: “Goethe fue nuestro gran poeta.” Sabe que no tenía mucha moral, pero no se toma el asunto demasiado a pecho. El inglés dice: ---- Byron era inmoral, en consecuencia, no puede haber sido un gran poeta.” Tan solo en Inglaterra podía Kingsley ---- ese ofensivo predicador de la moral ---- haber pronunciado esa observación sobre Heine que se ha llegado a convertir en una cita familiar ---- “No hablen de él, ---- era un hombre perverso.”

Si en todo caso, siendo algo inalterable, las naciones de todas partes agradecen y aman a los poetas inmorales ingleses, y finalmente, el inglés se ve forzado a hablar ---- entonces miente. No renuncia a su hipocresía; simplemente dice: “Posteriores investigaciones han probado que el hombre no era en absoluto inmoral, ---- era elevadamente moral, por completo puro e inocente.” En esta forma, el inglés ha “salvado el honor” de Byron. No pasará mucho tiempo antes que conviertan un Saul Wilde en un Paul. Así, en el caso de Poe, un Ingram siguió a un Griswold con: “Oh, no, él en realidad, no bebía.”

Ahora, a los ingleses se les permite apreciar a Edgar Allan Poe, a partir que ha quedado oficialmente comprobado que era un ser moral.

Pero nosotros, que no le pedimos la más mínima reivindicación a la moral de la clase media, ---- los amamos, incluso si bebía. Sí, incluso lo amamos más porque bebía, pues sabemos que justamente a partir de ese veneno que destruyó su cuerpo hizo brotar puros capullos cuyo valor artístico es imperecedero.

Cómo son creadas las obras de arte no es asunto del lego ---- es asunto del artista, tan solo ---- nadie puede aventurar una palabra o siquiera hacer juicio sobre una frase final. Tan solo aquellos pocos a quienes él les permite vislumbrar su modo de crear porque lo aman, pueden silenciosamente echar una mirada ---- tan solo ellos pueden hablar.
Wilde relata el cuento de hadas de una rosa maravillosamente hermosa que floreció de la sangre del corazón de un ruiseñor moribundo. El estudiante que la arrancó, la miró y se maravilló; nunca había visto una rosa color rojo-sangre tan maravillosa. Pero no sabía cómo se había originado.

Nos maravillamos ante la Odontoglossum grande, la más espléndida de todas las orquídeas. ¿Acaso es menos hermosa porque se alimenta de insectos que tortura lentamente hasta matarlos, de la manera más espantosa? Nos regocijamos ante los espléndidos lirios del Parque de Cintra. Nos maravillamos ---- nunca las hemos visto tan grandes y blancas. ¿Qué importa que el hábil jardinero no las riegue con agua natural sino con guano, con estiércol seleccionado artificialmente?

Llegará el tiempo en que los elevados caminos de nuestro arte sobrio, formal, tan solo apenas iluminados por melancólicas lámparas de alcohol, sean ridiculizados. Un tiempo para aquéllos que piensan que intoxicación y arte son ideas inseparables, para quienes como cuestión indubitable tan solo reconocerán la distinción en el arte plasmado a través de la intoxicación. Solo entonces les darán a esos exploradores los elevados lugares que merecen, a Hoffmann, a Baudelaire, a Poe ---- a esos artistas que fueron los primeros en trabajar comprensivamente con la intoxicación.

¡Seamos honestos! ¿Existe algún artista que pueda por completo abstraerse del uso de intoxicantes? ¿Acaso no toman todo ellos sus pequeños venenos, té, tabaco, café, cerveza, o lo que sea? ¿Acaso la mente no debe estar “envenenada” con el propósito de producir obras de arte? Porque si el artista no está “envenenado” por medio de su cuerpo, lo está de otras maneras.

Porque existen una gran cantidad de otras maneras.

Arte y Naturaleza son siempre opuestos el uno al otro. Un hombre que vive una vida puramente abstemia, física y mentalmente hablando, ---- cuyos ancestros durante muchas generaciones han vivido de una manera igualmente abstemia, de modo que su sangre no está, tal como la de todos nosotros, envenenada, nunca podrá convertirse en un artista, a menos que un poder divino lo provea con otras sensaciones capaces de despertar éxtasis. Pero aquélla también actúa como un veneno sobre el espíritu. Naturaleza y Arte son los más mortales enemigos; donde uno reina, el otro llega a tornarse imposible.

¿Cuál es el significado de la palabra “artista” en su sentido más genuino? Un pionero de la cultura en esa región recientemente descubierta del inconsciente.

¡Cuán pocos son dignos de ser llamados artistas según esta noble definición de ese orgulloso título! E. T. A. Hoffmann lo merece, y Jean Paul, y Villiers, y Baudelaire ---- y ciertamente también, Edgar Allan Poe; incluso los Griswolds deben admitir con mucho que es el artista quien, en muchas de sus historias, entró a esa región secreta del alma, sobre la cual nadie antes que él, y menos que nadie los científicos, tenía el más ligero presentimiento.

La eterna región de nuestras ansias y deseos subyace ensoñadoramente frente a nosotros, envuelta en nubes grises y brumosas, ---- la vasta tierra de lo desconocido. El pordiosero se agacha bajo los cálidos rayos del sol; los satisfechos habitantes de la ciudad se aprietan contra sus chimeneas.

Pero existen personas cuyos atormentadores deseos son tan grandes que deben emerger del reino que nosotros conocemos. Robur et œs triplex deben proteger sus pechos cuando abandonan la tierra asoleada de lo conocido, cuando ellas se encaminan a través de la grises, mortíferas inundaciones hacia Avalon. Y muchos perecen vergonzosamente sin haber lanzado siquiera una sola mirada detrás de las nubes. Tan solo unos pocos pueden completar el viaje. Ellos descubren una nueva tierra, ---- la aceptan en nombre de una nueva cultura; extienden los límites de la consciencia un poco más allá.
Los artistas son esos primeros exploradores. Después de ellos vienen las hordas de expediciones de descubridores con el propósito de supervisar e investigar la región ---- registros públicos y cobradores de rentas ---- los hombres de ciencia.

Ahora bien; es cierto que los así llamados venenos, los cuales llamamos narcóticos, son tan potentes como otros medios para conducirnos más allá del umbral de la consciencia. Si uno tiene éxito en hacer pie con firmeza en este “otro mundo,” intercambiar lo metafísico por algo positivo, uno crea una nueva obra de arte y es, en el sentido más noble del término, un artista.

Puede ser necesario aquí acentuar esa cualidad de sabiduría que insiste, por supuesto, que no puede haber ninguna idea de creación dentro de la intoxicación. O, por otra parte, que ningún intoxicante del mundo puede desarrollar en un hombre cualidades que no posee.

Los Griswolds y los Ingrams podrían tomar cualquier cantidad de vino, fumar cualquier cantidad de opio, comer cualquier cantidad de hachís, y sin embargo, ellos serían incapaces de crear obras de arte.

Pero la intoxicación causada por narcóticos es responsable, bajo ciertas condiciones, cuando es acompañada por otras causas, de crear un estado de éxtasis posterior donde, inmerso en este estado de éxtasis, cada uno produce lo más elevado que su inteligencia es capaz de concebir.

Edgar Allan Poe bebía. Y tal como en cualquiera de nosotros, su cuerpo reaccionaría proporcionalmente de manera desfavorable contra el veneno del alcohol, entorpecido como estaba por los hábitos a la bebida de generaciones de ancestros; de tal manera, él bebía copiosamente. Se emborrachaba. Pero lo hacía de manera deliberada, como haciéndolo con el propósito de obtener el discernimiento del beodo, a partir del cual más tarde, quizás años más tarde, crearía nuevos valores artísticos. Tal intoxicación no es ningún deleite, sino una tortura insoportable; deseada de manera consciente tan solo por aquél sobre quien está marcado a fuego el emblema del arte.

¿Acaso existe una mentira más desvergonzada que esa banal observación diciendo: “La creación artística no es un trabajo ---- es placer?” Aquél que dice esto, junto con el gran público que irreflexivamente lo repite, nunca ha sentido el aliento del éxtasis, única condición exigida por el arte. Y este éxtasis siempre es una tortura, incluso cuando ---- en raros casos ---- la causa que lo produjo fue de entusiasmo, de euforia.

Dicen que es con gozo que una gata madre pare sus crías ---- pero su descendencia son solo pobres, pequeños gatitos ciegos. Así, puede que el colaborador semanal para la Gotham Gazette, así como el versificador de una página para el “Berlín by Night,” escriban sus líneas sobre el papel con gozo ---- pero una obra de arte nunca nace sin dolor.


* * *

Erré nuevamente ---- a través del majestuoso palacio del Quinto Emperador Romano de Alemania, quien llevaba el nombre de Karl, pasando a través del poderoso pórtico, para luego tomar a través de la larga avenida de blancas acacias en flor, a través de los prados en flor con muchos miles de lirios azules. La Torre de las Princesas estaba sin cerrojo para mí, donde alguna vez Zayda, Zorayda y Zorahayda, las hijas del sultán, escucharon secretamente junto a la ventana las canciones de los caballeros cristianos capturados.
Me quedé mirando fijamente hacia el valle más allá de la colina desde la cual Boabdil lanzó su última mirada sobre la perdida Granada, antes de partir. Me quedé mirando hacia el jardín del Generalife. Puedo ver claramente los viejos cipreses de muchos cientos de años, bajo cuya sombra la esposa del último rey morisco, Hamet, llegó para un encuentro amoroso con el más bien parecido de los Abencerraje, lo cual resultó ser fatal.
Aquí, cada piedra cuenta una leyenda, eso tristemente está desapareciendo.

Profundamente abajo en el valle, descansa el camino que conduce a la Ciudad de los Muertos. Un par de cabras negras pastan sobre las verdes laderas. Por detrás, abajo, está la Torre de los Prisioneros, y un andrajoso campanero sentado enfrente de su sucia cueva. Conejos de orejas largas pastan en derredor suyo ---- siete gallos, ya munidos de cresta y plumas en la cola para el inminente combate, picotean el suelo o vuelan unos entre otros, y lejos hacia el Este de la agreste Sierra Nevada resplandece con un rojo purpúreo.

Un grupo de muchachos harapientos caminaba a través del valle. ---- Dos acarreaban el ataúd de una niña pequeña sobre los hombros ---- abierto, de acuerdo con la costumbre española ---- mientras que otros portaban la tapa sobre sus hombros. El ataúd era muy simple, tres tablas amarillas y dos más pequeñas. Pero dentro había flores, muchas flores, rojas, amarillas ---- y blancas y azules ---- desde debajo de las cuales se destacaba un pequeño rostro, pálido como la cera, enmarcado en cabello negro. Ningún cura, ni parientes, siquiera el padre o la madre estaban presentes en la procesión ---- tan solo seis muchachitos harapientos.

Pero entre tantas flores alegres, la niña muerta reposaba en medio de una fresca fragancia de flores recién cortadas. ¡Qué bueno que no le hubiesen cerrado los ojos! Ahora ella mira hacia adelante, interesada, destacándose fuera de las abigarradas flores multicolores ---- arriba, en dirección el viejo morisco Palacio del Rey ---- asomándose fuera de ese colorido esplendor. La pequeña niña muerta luce tan satisfecha y feliz, como ciertamente nunca lo fue en vida.

Edgar Allan Poe debía haber estado sentado aquí. Cómo hubiese soñado; ¡cómo las alegres leyendas hubiesen volado en derredor de su frente con ligeras alas! Él hubiese construido una nueva Alhambra, con palabras de bronce, las cuales hubiesen perdurado más que las poderosas torres de los naseritas durante muchos siglos.

Quizás, he aquí otros medios que hubiesen creado para él un estado de éxtasis. Probablemente no hubiese bebido. Pero estaba en New England; su pobre alma de poeta escribía en medio de escritores de prosa realistas, mientras que al mismo tiempo a Washington Irving, ese modelo de convencionalismo inglés, ¡se le permitía soñar bajo el mágico hechizo de la luz de la luna en la Alhambra! ¡Y sus “Cuentos de la Alhambra” llegaron a cobrar renombre mundial!

Día tras día, veo a extranjeros entrar en los sitios sagrados, con sus guías de viajes Baedekers en sus manos; y en sus bolsillos, ejemplares del libro de Irving. ¡Exactamente como leen “Los Últimos Días de Pompeya,” en la Casa de Vetii o en la de Dionisio! ¿Acaso las pocas bellezas contenidas en esos libros, que sin duda existen, emanaron de la mente de Lord Lytton, o Irving? Oh, no, una exhalación de la Ciudad de los Muertos romana, del palacio feérico morisco, sopló a través de sus almas, incluso aunque no fueran poetas, siquiera aunque fuesen tan solo pequeños escritorzuelos de clase media. Ni Bulwer Lytton ni Irving crearon esas bellezas, sino Pompeya y la Alhambra, a pesar de ellos.


* * *

El radiante anhelo de Poe nada sabía de todo esto. Emerger de su propio yo, despertar dentro de sí un éxtasis que pudiera transportarlo de todo el entorno conocido que lo encerraba, permaneció para sí tan solo como otro medio. Además de algunos sucesos sin importancia, poco adecuados para inducir al éxtasis, éste, el más infortunado de los poetas, tan solo recibió una vez desde el mundo exterior el Beso de la Musa; a través de su hermosa, bien amada esposa, Virginia Clemm. Puede que el Moralista llame a esta intoxicación sagrada, divina; puede que llame al otro éxtasis del Poeta, el cual resultó a partir del uso del alcohol y luego del opio, profano y demoníaco; eso no nos interesa. Pues los valores artísticos que devienen con ellos no son menos espléndidos.

No obstante, el éxtasis divino, pío, fue apenas menos atormentador para el inspirado que para el sito en el infierno. Lo que era un Infierno para él, era un Paraíso para otros ---- un bien amado, un bendito Infierno, pero que, sin embargo, sus llamas abrasaron. Pues Virginia ---- a cuyos moribundos ojos debemos a Morella, Ligeia, Berenice y Lenore ---- estaba condenada antes que ella hubiese tendido su mano al Poeta. Sabía que tenía tuberculosis, que el radiante rojo de sus mejillas mentía, que desde la profundidad de sus brillantes licuefactos ojos, la inexorable enfermedad amenazaba delante. Cuando por la noche, acariciaba los amados rizos, él sabía: “Entonces, cuántos días aún vivirá,” y a la mañana siguiente otra vez “Otro día menos.” Era una mujer moribunda quien besaba sus labios, una mujer moribunda, cuya encantadora cabeza yacía junto a la suya, por la noche. Cuando despertaba perturbado por la tos y el ruido proveniente de sus jadeantes pulmones ---- la blanca ropa de cama le parecía una mortaja, las frías gotas sobre su frente, el sudor de la muerte, una muerte prolongada, perdurando por años, un visible, lento desvanecerse de la bien amada ---- esa fue la única “felicidad” de este, el más infeliz de todos los poetas.

Sí, esta hermosa esposa condenada invocó fuertes emociones ---- pero fueron emociones de temor, de dolor reprimido en silencio ---- de desesperación con un disfraz de risa; un Paraíso de la Tortura. Lee los relatos más hermosos que Virginia sembró en su corazón; sentirás una exhalación de la inefable tortura en la cual nacieron.

Antes que las últimas hebras de la vida se viesen tronchadas, y la silenciosa mujer descendiese a la tumba, Edgar Allan Poe escribió su obra maestra, “El Cuervo;” y el estado de éxtasis que dio lugar a este poema, el cual no tiene igual en la literatura de todo el mundo (me gustaría gritar este hecho en los rostros de los ingleses hipócritas) fue causado por la desesperación de su corazón sangrante por esa moribunda, al mismo tiempo que por la común, baja intoxicación de un vaso de vino.

Cualquier alienista que se haya especializado en los efectos de la intoxicación, reconocerá rápidamente con absoluta certeza, aquellas partes de “El Cuervo” que surgen del delirio. Es muy fácil para el psicólogo trazar los otros raptos que el artista debe a Virginia, su “perdida Lenore.” Y aquí, permítasenos comparar el sincero, maravillosamente claro ensayo que Poe escribió acerca de la creación de este poema. Cada estrofa, cada línea, cada simple sonido de palabras, se ve motivado a presentarlos con una impresionante simple lógica; es casi como si quisiese demostrar un problema geométrico. Puede ser cierto que el tema principal, el éxtasis, y su origen en lo sagrado y ---- Oh, en la muy profana, intoxicación ---- no esté mencionada por ninguna palabra. Pero este ensayo estaba escrito para los lectores de revistas de New England ---- ¿cómo podrían haber comprendido a un poeta que hablara de éxtasis? La calidad de la obra ---- la parte puramente técnica, la que significa el arte, esa que es sostenida por el conocimiento ---- nunca fue demostrada por ningún Poeta de manera tan clara y convincente como en este ensayo. Un verdadero libro de texto de poesía, una pieza que es una obra maestra ---- Ciertamente, los filisteos no pueden usarla como guía; sin embargo, para el artista es el más importante libro de instrucción existente. Puede aprender del mismo que la intoxicación divina tan solo no crea en absoluto una obra de arte, que el trabajo común, la técnica menospreciada, la reflexión y el pulido, el sopesar y el archivo, son por completo tan indispensables para su perfección.

No fue tan solo la poderosa mente del arquitecto árabe la que creó la gloriosa Alhambra ---- albañiles, conductores de mulas, jardineros, y pintores ---- todos cumplieron con su pequeña parte en la obra.

Edgar Allan Poe fue el primer poeta que habló con tal candor de la labor literaria, de la calidad humana de la obra tan solo. En esto, y probablemente solo en esto, su actitud era la de los estadounidenses. Tal y como está situado, y lo que es más, en el umbral del pensamiento moderno, alcanza el rango de un pionero ---- una brillante demostración del valor intrínseco de este Artista, quien habla solo de técnica sin palabra alguna que mencione intuición, palabra que el aficionado siempre acarrea en su lengua. Quizás si hubiese escrito para otros lectores en su revista, podría haber dado un paso más adelante, y haberles hablado acerca de la técnica de la intoxicación.

Nunca antes que él, alguien había desmembrado su propia obra de arte y diseccionado hasta su último jirón. El aliento divino dictado por la Biblia acosa la fe de las masas hasta este mismo día y los artistas por la “gracia del Señor,” fueron cuidadosos de no destruir esta fábula de la inspiración. Cuando el Espíritu Santo los tocaba, ellos se embelesaban ---- componían, escribían poesía ---- y daban a luz a criaturas del espíritu más o menos inmaculadas. Eso era tan agradable, tan confortable, que ciertamente algunos de los artistas podrían haber creído alegremente en esta consagración secreta. Borracho con la divinidad, se decía del poeta tracio, aunque fuese tan sobrio como Sócrates. Este pensamiento, que es de origen dionisíaco, coincide con nuestro punto moderno de la intoxicación y el éxtasis, de acuerdo al último punto de vista, recibida la unción del Señor y, como tantos otros claros pensamientos, los cuales aquello era capaz de oscurecer, fue tomado dentro de la concepción de vida cristiana con gran entusiasmo. Todas las hermosas frases de los Caballeros del Olimpo, del Beso de las Musas, del éxtasis divino, de la divina predestinación de los artistas ---- ¡por las cuales, el Cielo sea loado, ya no nos impresionan por más tiempo! ---- tienen su origen en esto.

Se requiere valor para disipar esas centelleantes brumas; pocos, muy pocos mitos acerca del mundo de la literatura pueden soportar una descomposición tan implacable, tan incesante. Pero dado que Poe con su Cuervo creó una obra de arte tan clara, tan acabada, podía arriesgarse a dar un paso. Lo baladí, lo ridículo y absurdo, que por otra parte arroja lo sublime al polvo, nada puede hacer contra esta perfección.

Mi atenta mirada recae sobre lo que cubre el muro de esta sala. En el estilo mudéjar, las sentencias árabes y coptas llegan a hacerse casi gemelas.

La mirada nunca se ve excedida con estas fantásticas armonías. Ahora bien, esta maravilla del arte árabe está hecha de yeso ---- tan solo de yeso común ---- ¡cuán risible, cuán irrisorio, cuán absurdo! Pero aunque hecha de yeso, esta colosal obra de arte no pierde un ápice de su sublimidad. El medio ordinario exhala el aliento del espíritu que la inspiró. El arte triunfa sobre la naturaleza, y este arte es tan grande que el reconocimiento del medio común es superfluo.

Poe no necesitó de esta cobertura de mentiras honrada por el tiempo. Vio lo que estaba raído, lo retorció y valientemente lo arrojó a un lado. En las pocas palabras con las que caracteriza la comprensión de la intuición en “Eureka” como “la convicción surgente de esas inducciones o deducciones de las cuales los procesos son tan oscuros como para escapar a nuestra conciencia, eludir nuestra razón, o desafiar nuestra capacidad de expresión” ---- hay un más claro reconocimiento de las formas de creación artística que en cualquiera de sus contemporáneos. En tanto el Poeta-filósofo se plantea en oposición a la así denominada “Intuición” de la filosofía ---- en especial con referencia a Aristóteles, y a Bacon, con quien discute tener en cuenta esto, lo cual este último niega; el poeta-filósofo al mismo tiempo determina su valor en un sentido moderno no-teológico limitado. Esto demuestra el gigantesco espíritu de este escritor líder. Demuestra que estando dotado de una mente moderna, él, el romántico, el soñador, aún es un devoto de la lógica, que nunca deja de tener los pies sobre tierra.

Edgar Allan Poe fue el primero en admitir abiertamente la técnica de pensamiento ---- y se anticipó al “genio es la aplicación” de Zola, por décadas. Y este mismo Edgar Allan Poe escribió en su prefacio a Eureka ---- “Para los pocos que me aman y a quienes amo ---- para aquéllos que sienten más que para aquéllos que piensan ---- para los soñadores y para quienes ponen su fe en los sueños como únicas realidades ---- yo ofrezco este libro de Verdades, no en su carácter de Decidor de Verdades, sino por la Belleza que abunda en su Verdad, constituyéndolo real. Para estos presento la composición tan solo como un Producto del Arte ---- digamos un Romance; o si no me urgen a realizar una aseveración demasiado elevada, como un Poema.

“Lo que aquí yo propongo es verdad: ---- en consecuencia, no puede morir; o por si alguna razón ahora tropezara cayendo, y así muriera, se levantaría otra vez, resurgiendo a la ‘Vida Eterna’”

De modo tal, Poe, absolutamente independientemente de Gautier, establece su principio del Arte por el Arte ---- más grande que Gautier, quien solo veía la belleza con los ojos del pintor, establece su afirmación. Y también es más profundo que Gautier, para quien la forma exterior era tan solo una manifestación de belleza. Para Poe, La belleza primero crea verdad de verdad ---- cuyo derecho a la existencia sin belleza él niega. Esta es la exigencia más grande jamás hecha al Arte, y como tal demanda tan solo puede ser cumplimentada en deseos, para él los sueños son la única realidad, y niega todo valor real a la vida activa. Aquí también, Poe, el Romántico, es un explorador ---- y es el primero en develar el denominado “Pensamiento Moderno”.

Si se anticipó a la expresión acuñada por Zola sobre la producción técnica; y más aún, si estableció el principio parnasiano del arte independientemente de éste, Poe estableció un puente salvando medio siglo e hizo una demanda tan ultramoderna que, incluso hoy, tan solo una pequeña parte de los espíritus avanzados lo comprende en toda su radical magnitud.

La fertilidad de la literatura de los pueblos cultos alcanzará a través del espíritu de Poe su primer pleno desarrollo de este siglo. El pasado lo juzgará por unas pocas trivialidades externas, vacilaciones y reparos, que ciertamente llevaron fortuna a Julio Verne y Conan Doyle, sus afortunados imitadores. Es cierto que el poeta famélico tan solo escribe estas cosas por su pan diario. Los Viajes por el Mar y la Luna de Gordon Pym y Hans Pfaal, etc., además de varias de sus historias detectivescas tales como por ejemplo, “El Asesinato de la Rue Morgue,” “La Carta Robada” y “El Escarabajo de Oro,” fueron ciertamente llamadas a la existencia tan solo por el deseo de tener calor, comida y bebida. Pues Poe conoció el hambre. En consecuencia, escribió estas cosas, tal como si también estuviese haciendo traducciones, y trabajaba en toda suerte de libros científicos. Seguramente, cada historia en particular, incluso la más débil, sobrepasa cualquier aventura del eminente Sherlock Holmes. Entonces, ¿por qué el gran público, y en especial el público de habla inglesa, a pesar de todo esto, se tragan las ridículas historias de detectives de Doyle con entusiasmo y deja a Poe a un lado?

Nada es más fácil de comprender. Los personajes de Poe son como los de Dostoievski, tan reales, su composición es tan impecable, aferra de tal manera la imaginación del lector sin posibilidades de escapar de sus redes, que incluso el más valiente no puede resistir experimentar un escalofrío, un escalofrío angustioso, agotador, semejante a una cruel pesadilla.

En las obras de los imitadores populares este temor es nada más que una sensación placentera, la cual no permite dudar al lector ni por un momento acerca del resultado de la farsa. El lector siempre sabe que todo es por completo estúpido y sin sentido, una tontería; en este caso, éste último, el lector, está parado por sobre el narrador. Esa es la intención del autor. No obstante, Poe ejerce su presa sobre el lector, lo arroja al precipicio y lanza al infierno, de modo tal que ese pobre simplón pierde todo sentido para oír y ver, viéndose completamente solo. En consecuencia, el buen ciudadano que quiere dormir serenamente, prefiere al histriónico héroe de Baker Street y poner límites, no tolerar las gigantescas pesadillas de Poe. Uno ve que incluso cuando tuvo el deseo de ser de clase media, cuando tuvo el deseo de escribir para las grandes masas, su meta era aún demasiado elevada. Se dirigía al intelectual de clase media y se imaginaba a sí mismo como hablando con sus iguales: Acarreando su cerebro al mercado, corriendo de editor en editor ---- para aquéllos que compraban paja.


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Pero en un tiempo futuro, llegará el momento justo para los dones de Poe. Ya hemos reconocido el sendero que conduce de Jean Paul y E. T. A. Hoffmann a Baudelaire y Edgar Allan Poe, ¡el único sendero que el arte, el resultado de la cultura, puede tomar! Ya hemos hecho varios esfuerzos en esa dirección.

Ese arte ya no estará más confinado a fronteras nacionales. Será consciente de sí mismo tal como Edgar Allan Poe era consciente que el mismo no existe para “su propio pueblo” sino tan solo para esas escasas jerarquías de gusto cultivado, sean estas de nacionalidad alemana, japonesa, latina o judía.

Ningún artista ha trabajado jamás para “su pueblo,” tan solo, aunque casi todo artista ha deseado hacerlo así y creído haber cumplido con ello. En España, las grandes masas saben absolutamente tan poco de Velázquez y Cervantes como el trabajador inglés sabe de Shakespeare o Byron, así como las francesas de Rabelais o Molière, o las holandesas de Rembrandt o Rubens. Las masses alemanas no tienen la más ligera idea de Goethe y Schiller. Siquiera conocen los nombres de Heine y Bürger. La serie de preguntas o respuestas ofrecidas por soldados ante las preguntas planteadas a soldados de ciertos regimientos, o sea: “¿Quién fue Bismark? ¿Quién fue Goethe?” deberían a continuación abrir los ojos del más optimista. En Alemania, todo un mundo divide al hombre cultivado de sus compatriotas, con quienes se encuentra diariamente en la calle; una nada ---- un canal ---- lo separa del elemento cultivado en los Estados Unidos. Heine presintió esto y lo predicó abiertamente a la gente de Frankfort. Edgar Allan Poe lo expresó incluso con más claridad. No obstante, la mayoría de los artistas, y el elemento cultivado y erudito de todas las naciones han tenido apenas una ligera comprensión de esto, de modo tal que hasta el día de hoy, la refinada “Odi Profanum,” de Horacio, es malinterpretada. El artista que solo desea crear para su propio pueblo tan solo intenta lo imposible, y buscando tal propósito, muy a menudo descuida algo asequible y más grande, la posibilidad de crear para todo el mundo. Por sobre la alemana, la británica y la francesa se alza una nación más elevada. ¡La nación de la cultura! Aquí, en este suelo, Poe hubiese estado como en casa, incluso como Goethe, aunque de una manera diferente, igualmente consciente, pero con un sentido menos moderno.


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Muy lentamente camino por el parque de la Alhambra bajo los viejos olmos que Wellington plantara. Sobre todos los costados las fuentes murmuran, mezclando sus voces con las dulces canciones de cientos de ruiseñores. Recorro el exuberante valle de lágrimas de la Alhambra entre las elevadas torres. ¿A quién pertenece este mágico palacio, este jardín de sueños? ¿A la nación española de pordioseros que yo desprecio? ¿A la turba de extranjeros con las guías de viaje en sus manos, cuyo andar evito al menos a diez pasos de distancia? ¡Oh, no! Este palacio, este jardín de sueños me pertenece, junto con aquellos pocos calificados para absorber estas bellezas, cuyo aliento otorga vida a estas rocas, a estos arbustos. ¿De quién es el espíritu que puede transformar toda esta belleza en realidad? Todo lo que me rodea, y todo lo demás que es hermoso en esta tierra, es la sagrada, inviolable propiedad de la gente cultivada que se yergue, destacándose por sobre todas las otras naciones. Esa Nación es la verdadera soberana, la verdadera poseedora. La belleza no tolera a ningún otro amo. Comprender esto significa comprender el mundo. Edgar Allan Poe fue el primero en hacerlo.

Me siento sobre la banca de piedra en la cual Abdoul Haddjâdj soñó alguna vez. Una fuente susurra frente a mí ---- y cae dentro de la redonda taza de mármol. Sé muy bien por qué el sultán se sentaba aquí a solas durante el crepúsculo: ¡Oh, sí; es muy dulce soñar aquí!

Hubo una vez un Poeta que nada registraba excepto conversaciones con los muertos. Conversó con los siete sabios, y con todos los reyes de Nínive, con los sacerdotes egipcios y brujas de la Tesalia, con cantantes atenienses, con generales romanos, y con la Mesa Redonda del Rey Arturo. Finalmente, perdió todo deseo de hablar con cualquier ser viviente. Los muertos eran con mucho, más interesantes. Oh, ciertamente uno puede hablar con ellos. Todos los soñadores pueden hacerlo, y todos aquellos que creen en los sueños, como en la única realidad.

¿Acaso no erré hoy con aquél que Yo amo, a través de los salones del Palacio? ¿Acaso no revelé al Poeta muerto parte de la belleza del mundo, nunca vista por ojo mortal? Ahora él se yergue aquí junto a mí, inclinado contra el olmo. “Tan solo pregúntame,” dice él.
Él parece sentir como mis ojos lo acarician e interrogan ---- y entonces, habla. A veces, la palabra resbala claramente de sus labios, a veces su voz se propaga ondulante desde la fuente; surge cantando de las gargantas de los ruiseñores y del murmullo de las hojas al rosarse de los viejos olmos. Así de sabios son los muertos.

“No juzgues de manera superficial mi pobre vida,” dice Edgar Allan Poe. Pregunta a Goethe quién fue un príncipe y podía darse el lujo de tener seis sementales con los cuales abrirse paso a través del mundo. Yo estaba solo.”

No quité mis ojos de él.

“Díselo a aquellos que te aman y a quienes tú amas.”

“La vida que viví, la he olvidado,” dijo él. “Oh, no solo desde mi muerte, tal como los pequeños mortales piensan ---- cada día olvido para recordar el mañana. De otra forma, ¿cómo podría haber continuado vivo? Mi verdadera vida, si se quiere, ya sabes, mi vida de sueños.”

. . . . Desde el suelo, una ligera neblina se deslizaba a través de la noche, y una dulce brisa abanicó mi frente. Ciertamente: la vida de sus sueños me era muy bien conocida; me la había otorgado a mí, al mismo tiempo que al mundo. Y lentamente, ese desfile de sus creaciones que representan su vida resplandece mientras pasa junto a mí.


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William Wilson. Por supuesto que es Poe. Tan verdaderamente Poe que el maestro de escuela Griswold calmadamente da el año del nacimiento de Wilson ---- 1813 ---- como el del Poeta. El muchacho es soberano en el viejo colegio de pupilos de Stoke-Newington sobre todos sus compañeros de clase, excepto sobre uno ---- el otro Wilson, él mismo. Y él, cuyos heredados , frívolos gustos llevan una y otra y otra vez al muchacho, luego al joven y más tarde al hombre a convertirse en un vagabundo, no puede librarse de su consciencia, de ese otro Wilson ---- de sí mismo. A pesar que su consciencia, que su tendencia al crimen lo arroja al mundo, y una y otra y otra vez se condena a sí mismo.3 

De modo entonces que la infancia y juventud del poeta estaban envenenadas. Su heredado sentido del bien y del mal que habíase desarrollado con mayor fuerza merced a su educación es tan dominante en él que no puede desembarazarse de sus conflictivas emociones, y casi fue destrozado por ellas. Cada pequeño error que ha cometido, toma proporciones colosales en sus sueños, lo acosan y lo atormentan. Incluso más, pecados de conciencia, entretenerse con la idea del mal tan solo, llegan a ser una realidad en sus sueños. Se ve a sí mismo como el héroe de todos sus terribles relatos. Los pecados de los padres son vengados sobre el último vástago de la raza; tal como Frederick de Metzengerstein en su propia historia, él mismo cabalga a través de las llamas del infierno, sobre su demoníaco semental.


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. . . Cómo murmuran los olmos. Y escucho la voz del maldecido surgiendo de los vientos:
“De no haber sido un poeta, probablemente me hubiese convertido en un asesino, un timador, un ladrón, un asaltante y un embaucador.”

Las hojas de olmos cantan y otra vez una voz susurra:

“Y quizás yo hubiera sido más feliz.”


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Y yo creo ---- ¿qué puedo decir? ¿Acaso hubo alguna vez un criminal cuyos actos creasen un martirio para sí tal como el que Poe sintió por crímenes que nunca había cometido? Pues Poe en sus sueños, los cuales eran su única vida real, no era tan solo el asesino, sino también la víctima. Encierra a su enemigo en un sótano, tras un muro cuando aún está vivo. Y es como si fuese él mismo quien estuviese siendo encerrado tras el muro. (“El Tonel de Amontillado.”) Él asesina, porque debe, al hombre con mirada de águila ---- lo entierra bajo las tablas, y el corazón que está latiendo debajo de ellas, y que finalmente delata el hecho, es otra vez el suyo propio. (“El Corazón Delator.”) Hallamos el doble de William Wilson por todas partes.

Raramente haya habido un artista que se irguiera tan escasamente de lo que ha creado, nunca hubo nadie tan vivo dentro de sus obras. Un alemán, un francés, se hubiesen emancipado con mayor facilidad que él de esa fatal idea de moralidad. No obstante, el Poeta, por herencia y educación, sufre a partir de una compasión que esclaviza su alma, y de la cual él mismo nunca pudo librarse por completo. Tan solo en una etapa posterior de su vida podría asumir una actitud objetiva; nunca logró erguirse por completo fuera de todo bien y todo mal. La vieja maldición inglesa lo oprimió, no escatimó para él ninguna tortura; esta pobre alma habría de tolerar todas las más demenciales torturas del infierno, la copa de la cual Brueghel, Jean van Bosch y Goya vaciaron hasta las últimas heces.

De haber sido un criminal en la realidad, en lugar de serlo en el pensamiento, Poe habría finalizado sus días en la horca en lugar de un hospital de caridad, su vida hubiese sido extremadamente pobre y miserable ---- pero no tan terrible como la que tuvo.

Pero los templos surgen de los campos cubiertos de calaveras, y los campos de lirios florecen a partir de praderas bañadas en sangre. Y bendecimos a aquellos otros que disfrutan las maravillosas flores que surgieron de la envenenada imaginación del Poeta ---- al precio de su propia alma.


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Los arroyuelos se abren paso a través del parque de la Alhambra. ¡Alegres pequeños arroyuelos que murmuran y susurran! Fluyen presurosos sobre sus estrechos lechos de canto rodado, de manera tan veloz como las felices horas que se deslizaban junto a él durante la vida del poeta; ---- esas horas, o minutos quizás, en las pudiere ser inocentemente feliz.

Entonces hubo de tener un alegre sueño ---- quizás de un hombre con una nariz maravillosamente grande que cautivaba a todo el mundo, esa que los artistas pintaban y las princesas besaban. En esta deliciosa pequeña historia, la cual por su estilo bizarro es una predecesora de las escritas por Mark Twain (solo que con Poe las exageraciones grotescas parecen más refinadas, mucho más naturales) no hay ninguna ostentación de juegos de palabras.

Se ríe ante los platillos del pobre hombre que los semanarios preparan para sus afables lectores, enseña a Miss Zenobia como escribir un artículo inteligente para la Blackwood’s Magazine, permite al más que digno Mr. Thingum Bob de la “Lámpara” a chismorrear de manera entretenida acerca de sus aventuras literarias. ¡Tan ligero, tan afable, y tan obsequioso es el ingenio del Poeta ---- al igual que los pequeños manantiales que alegremente murmuran a través del parque de la Alhambra!


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Pero como el ruiseñor, aquél solloza sus sueños de ansias y deseos. Y su voz parece conformada desde y surgiendo del alma del ruiseñor, tan pura, tan inmaculada. De buen grado, Santa Cecilia rompería su violín de envidia, y Apolo haría pedazos su lira. Si el Poeta no halló ningún infierno demasiado profundo para sus sueños de crimen, ningún cielo fue demasiado elevado para sus canciones de belleza.

En ninguna de las obras de Poe hallamos una frase, una pequeña alusión basada en el amor sexual. Para ningún otro poeta, el erotismo fue tan extraño como a Poe, con la posible excepción de Scheerbart.

Apenas si podemos hallar un vestigio de sentimiento social en sus obras. Y no obstante, hay un corazón en su pecho, que anhela por amor, para el cual las comunicaciones del amor son una necesidad absoluta. Es solo que no puede amar al hombre, porque ve las pequeñas faltas que lo repelen desde todas partes, lo cual hace que rechace la mano extendida para la caricia del amor, y silencie la halagadora palabra en sus labios. 

Entonces vuelca sus ansias y deseos haciendo el bien a los animales ---- palmear al perro, dar de comer al gato hambriento, viéndose agradecido por una mirada fiel, o un ronroneo de satisfacción. De cuán consciente era Poe acerca de todo esto, se ve claramente en su cuento, “El Gato Negro,” en el cual enfatiza su amor por los animales, diciendo que “deriva del mismo una de mis principales fuentes de placer.” Si esa fue una de las “principales fuentes de placer” durante una pobre vida, fue ciertamente una de las pocas que no combinó placer con dolor ---- pues el puro amor para su moribunda esposa no le causaba sino alegrías mezcladas tan solo con horrorosas torturas.

Edgar Allan Poe, siendo que es Roderick Usher, tenía, al igual que el ángel Israfel, del Corán, un laúd en lugar de corazón. Cuando miraba a su amada esposa, su corazón sollozaba, y su laúd cantaba: cantaba puras canciones de ansia y deseo, cuyos tonos en los oídos de uno suenan como las emociones más dulces ---- cantó los puros cuentos de Morella y Berenice ---- de Lenore y Ligeia. La misma música interior que palpita a través de El Cuervo, y Ulalume, que es quizás lo más elevado en el Arte, su eco resuena a través de estos poemas en prosa; Y las palabras con las que el Poeta acompañó su “Canción del Universo” también están comprendidas en esos tonos: “Ellas no pueden morir; y si por algún motivo tropezasen y cayesen, resucitarían nuevamente hacia la Vida Eterna.”

Sí, tienen valor eterno; vivirán a través del corto espacio que nosotros los mortales llamamos eternidad; la cual, no obstante, es lo más elevado a lo que un ser humano puede llegar, incluso durante todos los tiempos por venir.

En ninguna época, el valor de Poe como poeta ha sido más grande que en el propio nuestro, pues en nuestro tiempo, en particular dentro de nuestra era, él puede enseñarnos mucho. Lo consciente de su arte se llevó a cabo mediante la intoxicación, el énfasis del significado de la técnica, el claro reconocimiento de los principios parnasianos del arte en su significado más amplio, la poderosa demostración del elevado valor del ritmo interior de toda poesía; todos esos son momentos que se han visto destacados de manera individual por muchos otros, aunque en su totalidad, y en su relación de penetración, no han sido reconocidos por ningún artista como por este poeta de New England ---- y como estos momentos representan lo que puede darse en llamar el progreso del espíritu moderno en el arte de la cultura en su totalidad, el estudio de las obras de Poe es más gratificante para el artista y para el profano educado que para cualquier otro. Se hace obvio que es imposible promover tales estudios mediante la traducción. Uno puede ir conociendo y admirar al artista a través de traducciones, pero para penetrar en lo más íntimo de su ser, es necesario leerlo en la forma original. Tal cosa puede decirse de todos los poetas, pero de Poe, más que ninguno.


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Los ruiseñores aún cantan, y brotando de sus pequeñas gargantas, estalla la voz del Poeta que amo. Los suaves vientos envuelven sus alas ---- las hojas de los olmos apagan el rumor de sus hojas. Incluso los pequeños riachuelos salpicando detienen sus susurros. El parque de la Alhambra escucha las canciones de los ruiseñores.

A través de cientos de años al anochecer, esos dulces sonidos han cantado a esas viejas torres y muros para que duerman, y aún hoy, también, son las mismas confidentes notas, pero diferentes ---- muy diferentes. El corazón, cual laúd de un Poeta muerto, está latiendo, y las canciones de su alma son cantadas por los pequeños pájaros. De tal modo, el arroyo y los árboles escuchan, las piedras de cantera rojas prestan atención ---- los brillantes picos purpúreos de las montañas coronadas de nieves eternas también escuchan: un suspiro sin fin flota a través del gran jardín en dirección a occidente. Es el resplandor del poniente, el cual tristemente pide licencia a la sublime canción de un Poeta.

El crepúsculo alienta a través de los olmos y evanescentes sombras de niebla se elevan desde los arbustos de laurel; se elevan escapando del palacio de los espíritus morisco. En larga fila pasan junto a nosotros, y se sientan formando un semicírculo sobre los bancos de mármol. Sé muy bien quiénes son ---- son los poetas de Granada ---- judíos y árabes. Muy cerca de mí está sentado Gabirol, luego Ibnu-l-Khattib ---- e Ibn Esra, y Jehuda ben Halevy, y Mohammed Ibd Khaldûn, e Ibn Batuta. Cientos de Poetas muertos están escuchando silenciosamente la canción de los ruiseñores. Todos saben que los pequeños pájaros grises están cantando hoy ---- luego, los muertos comprenden. Escuchan el corazón del ángel Israfel, de quien habla el Corán, y alaban a Dios, quien ha despertado todos esos tonos. Oualâ ghâliba ill’ Allâhta ’alâ ---- murmuran las neblinosas, vagas sombras de la Alhambra.

Y los ruiseñores cantan acerca de oscuros secretos, de los orígenes más puros de la vida, y un gran anhelo llena mi alma. Cantan acerca del pensamiento secreto que lo creado todo y penetrado todo, del aliento creador del mundo que llena todo el universo con amor infinito. Cantan acerca de la belleza que tan solo torna toda verdad en realidad, acerca de los sueños que tan solo conforman la vida real.

El alma de Poe está cantando ---- y cien poetas muertos escuchan hasta el estribillo. Y de sus labios surgen otra vez las antiguas palabras ---- Oualâ ghâliba ill” Allâhta ’alâ ---- así de agradecidos son los muertos.


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Y la noche desciende más profunda sobre nosotros. Los ruiseñores se llaman a silencio y el viento este se eleva sobre las Sierras; entonces las evanescentes sombras desaparecen; otra vez estoy solo en el mágico jardín de la Alhambra. ---- Solo con el alma de un gran artista, y mientras el viento corre a través de las hojas, el viejo olmo susurra y canta “Ulalume”, la extraña balada sobre el horrible sueño del Poeta.

Los cielos lucían cenicientos y sombríos;
Las hojas estaban resecas y mustias ----
Las hojas estaban marchitas y mustias ----
Era de noche durante el solitario octubre
De mi año más falto de memoria;
Era duro junto al lóbrego lago de Auber,
En la brumosa región interior de Weir ----
Fue allí junto al húmedo y frío lago de Auber
En la siniestra región boscosa de Weir.
Aquí una vez, a través de titánico paseo
De cipreses, erraba con mi alma ---- . . .

Sé muy bien que soy yo quien pronuncia esos versos, pero siento que mis labios no dicen nada más que aquello que los olmos susurran allí. Siento ---- yo siento ---- que es la triste canción de octubre, la canción de los aullantes vientos que las ansias celestiales de un Poeta han absorbido y cristalizado en palabras. Es la absorción del más íntimo, profundo sentido de la naturaleza; es un rendir del alma al universo, y al mismo tiempo una penetración dentro del mismo, cual es la primitiva forma de toda existencia. Esa es una ligera prueba de la más elevada ley del poeta, la “unidad como origen de todas las cosas.”

Mis labios repiten las palabras secretas ---- las cuales el viento lleva hasta mis oídos. El temor me abruma en esta lóbrega soledad, en la cual las eras, desdibujándose como en una región feérica, renacen otra vez. Quiero escapar del valle de la Alhambra. Mis pies erran, buscan a tientas en la oscuridad y extravían su camino, y así es como alcanzo el extremo de una senda de poderosos cipreses, como me encuentro de pronto con un puente bajo. El miedo nos enseña a ver en la oscuridad. ---- Lo sé, sé de quién es esta tumba. Y contra mi voluntad, mis labios repiten a mi alma ----

“¿Qué está escrito, dulce hermana,
sobre la puerta de esta legendaria tumba?”
Ella replicó ---- “Ulalume ---- Ulalume ----”
“¡Esta es la bóveda de vuestra perdida Ulalume!”

Mi terror se acrecienta. El alma del Poeta muerto ---- que revolotea, que palpita entre los árboles, que resuena en la canción del ruiseñor, que murmura surgiendo de los pequeños arroyuelos y que llena la triste canción del viento ---- toma posesión de mí ---- de mí; de un átomo del polvo con que está saturada. Sé que este pensamiento me aniquilará ---- que no puedo escapar de ella, pero no me resguardo a mí mismo contra ella ---- y, cosa extraña, siento cada vez más mayor serenidad ---- tanta serenidad que me siento henchido de ella.

Lentamente, los pequeños temores de los mortales se dispersan.


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Ahora encuentro mi camino otra vez. Atravieso las Puertas de las Vides hasta llegar a la Plaza de los Aljibes. Penetro a la Alcazaba, subo por la Gafar, la poderosa torre vigía del príncipe morisco. La luna con un brillante cuarto creciente brilla entre dos nubes apresuradas. El viejo signo de la grandeza árabe, que ningún Dios o Cristo puede borrar del Cielo. Miro hacia abajo, en dirección a Granada, rica en iglesias. Con su ruidosa, hormigueante vida nocturna ---- con su gente corriendo a los cafés, leyendo periódicos, lustrando zapatos, y obteniendo zapatos lustrados. Miran hacia el interior de vidrieras bien iluminadas, viajan en tranvías ---- sus acarreadores de agua gritan y juntan colillas de cigarrillos. Gritan y ululan, pelean y se amigan otra vez ---- y ninguna alma viviente levanta la mirada ---- nadie mira hacia arriba, a la gloria presente aquí. El Darro ruge a mi derecha. En la parte de atrás escucho el rumor del Xenil. Brillantes rayos flamígeros emergen de las Cuevas de la Montaña Gitana, y hacia el otro lado, las Sierras cubiertas de nieve brillan como hechas de plata a la luz de la luna. Entre las torres de observación sobre las cuales me encuentro y las torres púrpuras de la Montaña Morisca, el sombrío parque yace profundo en el valle. Más lejos hacia atrás, con sus salas sobre salas, sus patios sobre patios, descansa el encantado Palacio de la Alhambra.

Allí abajo, la pequeña existencia de este siglo sigue su camino ruidosamente ---- aquí arriba es la tierra de los sueños ---- y eso allá abajo ---- cuán distante, cuán infinitamente distante está de mí ---- y la tierra aquí arriba ---- ¿acaso cada piedra no es un parte de mi alma? ¿Acaso estoy solo en este mundo de espíritus, cual no da sentido a esa ciega existencia allá abajo? ¿Acaso no soy una parte de todos estos sueños? Todopoderosa belleza que torna estos sueños en realidades. Aquí la vida florece y la realidad allá abajo llega a convertirse en un juego de sombras.

El hecho es nada ---- el pensamiento es todo. La realidad es fea ---- y a lo feo es negado todo derecho de existencia. Los sueños son hermosos, y en consecuencia creo en los sueños como en la única realidad.


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¿Cómo luciría Edgar Allan Poe?

Hay hombres que irradian un encanto especial. Atraen sin quererlo ---- uno debe creer en sus personalidades, y entonces hay cierta cualidad que repele. Uno no es consciente en qué consiste, pero está allí. Ellos están marcados a fuego con la marca del Arte. Así lo fue Oscar Wilde ---- y así lo fue Edgar Allan Poe.

Su figura era alta, su paso ligero, y su porte siempre armonioso ---- siempre noble, a pesar de su pobreza. Sus orgullosas facciones eran regulares; eran hermosas; los ojos de un gris claro tenían extraños reflejos violetas. Su acomplejada frente era elevada, de una proporción maravillosa ---- su tez era pálida, y los rizos que la enmarcaban eran negros. Edgar Allan Poe era hermoso en cuerpo y alma. Su voz gentil sonaba como música. Era muy ágil y fuerte ---- diestro para todos los deportes atléticos, un infatigable nadador, quien una vez nadó desde Richmond a Warwick, más de doce kilómetros, sin cansarse, contra la marea rápida; una atleta entrenado ---- un muy buen jinete, y un experimentado esgrimista que a menudo desafiaba a un oponente en un arresto de furia.
Era un caballero de pies a cabeza ---- estando en su compañía, sus modales eran fascinantemente afables, aunque un todo, reservados. Era tierno y gentil, aunque severo y firme. Era un erudito que poseía una educación casi universal. Verlo así como escucharlo, era como un gran placer. Siempre era el donante, y fue su maldición que tan pocos de todos aquéllos sobre quienes prodigara sus ricos dones lo comprendiesen o apreciaran. Unas pocas mujeres hermosas ---- ¿lo comprendieron? No, pero sintieron su nobleza de alma de manera instintiva, tal como las mujeres siempre lo hacen. Tres personas que vivieron en su tiempo tuvieron la capacidad de comprenderlo por completo ---- Baudelaire y los dos Brownings ---- pero vivieron lejos en Europa y jamás los conoció.

De modo que el Poeta estaba solo en sus solitarios, elevados sueños.

Y dado que él era hermoso, y que por sobre todo, amaba la belleza, todo lo que lo rodeaba tenía que ser hermoso. Creó magníficas bellezas en sueños, las cuales, para sí, eran reales. Rodeado de ellas, vivió en la costosa casa de campo de Landor, o en la espléndida propiedad en Arnheim; pero también en su modesta vida de todos los días, en la cual tenía que contar los centavos, supo cómo crear una atmósfera en derredor suyo que llamaba a la admiración de la gente más rica.

Su pequeña cabaña en Fordham, en la cual vivía junto con su condenada esposa, a través de un Paraíso de Tortura, estaba empapada de una maravillosa armonía, lo cual encantaba a todos los visitantes. Un destartalado mobiliario exhibíase en el lugar, y no obstante, aún parecía placentero y hermoso. Era una choza miserable en la cima de una pequeña colina, pero los cerezos en flor surgían en las verdes praderas; temprano por la mañana, los pequeños pájaros cantores seducían al Poeta a pasear por los bosques de pinos cercanos. Entonces caminaba entre sus alegres arbustos de dalias e inhalaba el dulce perfume de la reseda y el heliotropo. La suave brisa matutina besaba su húmeda frente, acariciaba sus cansados ojos que se habían mantenido vigilantes junto al diván de su bien amada envuelta en una lenta agonía, durante la larga noche. Se dirigía hacia el elevado puente sobre el río Harlem, o hacia los rocosos acantilados ensombrecidos por los viejos cedros, y allí soñaba, con la mirada fija en el paisaje.

Ahora descansa ---- en alguna parte. Un día después de su muerte, lo enterraron en el cementerio de Westminster, en Baltimore. Como un criminal vagabundo lo levantaron de la calle y lo enterraron al otro día. Se supone que su tumba esta cerca de la de su abuelo ---- el General David Poe, quien se forjara un nombre por sí mismo durante la Guerra de la Independencia. Se supone que yace en sus cercanías. Nadie conoce el punto, exactamente ---- ninguna cruz, ninguna lápida señala el lugar ---- ningún ser humano se molestó al respecto. Sus compatriotas tienen otros intereses; ¿qué interés tienen en un Poeta muerto? Durante más o menos una semana hablaron del infortunado que había partido ---- para calumniar su memoria. Todas las mentiras que aún circulan con respecto a él se originaron en ese tiempo. Todo un diluvio de tinta envenenada fue derramado sobre el león muerto. Todas las mediocridades cayeron sobre él, todos los minúsculos escritorzuelos a quienes despiadadamente había hecho pedazos concurrieron al grito de guerra del mendaz clérigo Griswold. “¡Murió debido a un colapso por ebriedad! ---- Él bebía, bebía, bebía.” ---- Entonces, lo olvidaron, y fue mejor así; sus compatriotas no habían madurado lo suficiente como para apreciar a su gran Poeta.

¿Son capaces de darle reconocimiento hoy? Después de cien años, recogerán los huesos podridos; erigirán un poderoso monumento y escribirán entonces: “Los Estados Unidos a su gran Poeta” ----

Quédense con los huesos en Estados Unidos. Nosotros (en Europa) escucharemos el alma del Poeta, que vive en las gargantas de los ruiseñores de la Alhambra.


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Notas

(1) – Una gigantesca mano grabada sobre el arco de esta entrada, cuyos cinco dedos señalan los principales mandamientos del credo del Islam, y los cuales, de acuerdo a una leyenda, resguardan de todo mal.

(2) – “Ajimeces” es un término español para unas pequeñas ventanas con arcos sostenidas por columnas centrales; Ewers probablemente se refiere a una de las salas más pequeñas, famosa por la simetría de esas ventanas.

(3) – Su biógrafo, el Rev. Mr. Griswold, sin embargo observa, que en toda la literatura, no hay otro ejemplo de alguien que haya perdido tan por completo todo vestigio de consciencia, como en el caso de Poe.


Fin

Traducción del inglés: Hugo Arredondo Reynoso