TOD ROBBINS: EL BEBÉ BORRACHÍN

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"El suceso más extraño de mi vida tuvo lugar el verano pasado", dijo mi compañero de viaje. "Sólo me he atrevido a hablar de ello a mi mujer y a mi hermano. Es tan extraordinario, está tan lejos de poder ser tomado en serio, que si lo diese a conocer el mundo entero me miraría por encima del hombro como a un farsante de primera”

"¿Y su mujer y su hermano le creyeron a usted?", pregunté.

"Bueno, no exactamente. Si y no. Pensaron que yo creía estar diciendo la verdad. Mi mujer decidió que la historia era producto de la ingesta de alcohol de graduación. Mi hermano la atribuyó a los rigores del calor. Pero le aseguro que no se debió a nada de eso. Había bebido un par de copas de absenta, es cierto; pero estoy acostumbrado a esa bebida desde mi infancia. El sol, es verdad, caía con fuerza en ese momento. Pero no era nada comparado con el calor que he tenido oportunidad de experimentar en los trópicos.

"¿Y cuál es esa historia, doctor?", me atreví a preguntar.

"Ah", dijo, "se va a reír; pero se la voy a contar en cualquier caso. La risa es la recompensa que se obtiene del mundo cuando le ofrecemos algo completamente nuevo. La gente ríe demasiado; no es como la sonrisa, que sólo se refleja en los labios. Pero eche un vistazo usted a los ojos de un hombre, porque es en ellos donde encontrará el espejo de sus verdaderas emociones.

"El quince del pasado agosto me encontraba viviendo en un centro turístico de la costa no demasiado lejos de la ciudad. Era el día más caluroso del verano y la gente se había tirado de cabeza a la playa. Sentado en el mirador del hotel, con un vaso de absenta  apoyado en el brazo de la silla, podía admirar la extensión azul del océano desperezándose desde la playa, como si fuera una alfombra de terciopelo extendida en un suelo del mármol más blanco. Ni un soplo de aire movía la plácida superficie; ni una arruga, ni el menor pensamiento perturbaba la gran frente plácida del mar.

“Y sobre él pendía el sol, inamovible en los cielos, semejante al ojo de buey de un barco en llamas en la neblina azul de la tarde.

"En la playa los hombres y las mujeres corrían de aquí para allá, imitando con sus movimientos torpes y un poco grotescos el juego de los niños, como ocurre siempre que los adultos tratan de disimular la huella que les ha impuesto su padre el Tiempo. Podía ver sus cabezas en el agua, hundiéndose y emergiendo de nuevo como pedazos de corcho, y me sorprendía de que estos pequeños globitos gozasen del don del movimiento, dirigidos por los cerebros que encerraban en su interior; más extraño aún, meditaba sobre cómo todas esas exclamaciones de regocijo se transformarían de inmediato en gritos de horror si, por casualidad, uno de los globitos tardase en emerger un poco más de lo acostumbrado.

“Sentado en el mirador de aquel hotel, daba pequeños tragos a mi absenta contemplando todo este panorama que discurría ante mis ojos. De pronto vi aproximarse a una joven muy bonita que empujaba un cochecito de bebé. El niño parecía dormido a todas luces, oculto bajo una mosquitera; la muchacha observaba el mar con ojos codiciosos y una arruga de malhumor en la frente.

“Actuando por un súbito impulso, le hablé:  "Discúlpeme, pero ¿puedo ayudarla en algo? veo que lleva con usted un traje de baño, y es un día perfecto para eso. Si lo desea puedo ocuparme del niño mientras se da un chapuzón".

“Ella vaciló y miró al mar otra vez.  "Se lo agradezco mucho", comenzó a decir, "pero mi madre me ha encargado cuidar de..." –dudó, y me pareció ver que su rostro se oscurecía–, "... de mi hermanito pequeño", terminó por decir.

“"Pero yo podría cuidar de él durante un rato. No me dará problemas. Está dormido"

“"Sí, está dormido", dijo, levantando la mosquitera y echando un vistazo a la pequeña carita sonrosada que se apoyaba en la almohada de encaje. "Muchísimas gracias; creo que sí que me daré un chapuzón". Giró la sillita hacia mí y salió corriendo en dirección a las casetas de baño de la orilla.

“Mis ojos se volvieron de nuevo a los bañistas, y mi mano levantó el vaso de absenta a mis labios. ¡Qué pequeñas y oscuras parecían algunas de las cabezas que sobresalían del agua!  Aquí, en la bañera de la civilización, la vida es un bien preciado; aunque haya abundancia de ella, sobreabundancia me atrevería a decir. Yo mismo he estado en países más despoblados, en donde no se le tiene en tanta consideración.

“"Le pido disculpas, señor", dijo una voz a mi lado, con un tono que me recordó al de una llave girando en una cerradura podrida. "Pero tengo mucha sed y la absenta es mi bebida predilecta"

“Me giré con sorpresa, y, estupefacto, vi que me hallaba solo. Detrás de mi silla no había nadie; tampoco tras el pilar de mi derecha, y nadie agazapado bajo la sillita del niño, como había sospechado en un primer momento. Pero la voz volvió a oírse con su extraño y cavernoso tono.

“"Levante la mosquitera que hay sobre el carrito", dijo. "¡Hace un calor infernal aquí dentro!"

“Casi mecánicamente hice lo que me decía, y observé desde arriba el rostro diminuto, sonrosado, arrugado de un bebé. Mientras miraba su nariz sin perfil, su boca de labios flojos y su cabeza sin pelo, unos ojos se abrieron de pronto y me miraron. Lo que sentí no lo imaginará jamás, amigo mío; no acertaría a describírselo. Sólo puedo decir que fue espantoso –espantoso más allá de lo que nadie pueda imaginar. Yo había esperado la mirada asustada e inocente de la infancia que se despierta; en lugar de eso me encontré con la impúdica y maliciosa mirada llena de conocimiento de la vejez más cruel. Retrocedí con un grito de horror y me tapé los ojos.

“"Bueno", dijo la voz otra vez, y ahora podía reconocer en ella, también, a un viejo. "Bueno, mi joven amigo, ¿me dará un trago de su absenta, sí o no?"

“"¿Qué eres tú?", grité al niño tan pronto como pude hablar.

“"Joven", dijo el bebé, examinándome con los ojos entrecerrados y muy malas pulgas. "En estos momentos debo ser el niño más sediento del mundo. ¿Sabe lo que me han estado dando de beber últimamente? ¡leche! ¡leche de un sucio biberón con la tetina azul! Todo el mundo se aprovecha de mí porque soy demasiado viejo para montar un escándalo. Y mi nieta –la chica que llevaba el carrito– esa es la peor de todas. De acuerdo, el orgullo de familia y todo eso está muy bien, lo que me saca de mis casillas es que sólo me quedan cuatro semanas de vida y mientras llega el fin quisiera poder sentirme vivo también"

“"Espere un segundo", dije yo, bebiendo un gran trago de la absenta para calmar mis nervios. "Quiero saberlo todo. Desahóguese conmigo, como si yo fuera su padre"

“"Muy bien", gruñó. "Si lo hago, ¿está dispuesto a vaciar la leche de mi biberón y rellenarlo con absenta?"

“"Sí, lo haré"

“"Vaya, pues tendré que vender el honor de mi familia por una botella de absenta", dijo. "Está bien, da igual, aquí va. Mi abuelo era dueño de una gran plantación de algodón antes de la guerra. Como muchos otros caballeros sureños de su tiempo, prefería los placeres del cuerpo a los placeres del espíritu. Vino en abundancia, mujeres en abundancia, tabaco en abundancia. Esa era su idea de la vida. Pero había una cosa que preocupaba mucho, a mi abuelo"

“"¿Qué era?", pregunté.

“"La vejez", dijo el niño, con mucha seriedad. "Ese era su único miedo. Y cuando esta llegó al fin –cuando la gota tomó posesión de sus pies y el tiempo desalojó todo rastro de pelo de su cabeza– se convirtió él mismo en un objeto digno de lástima. Reclinado sobre su espalda, maldecía la vida arguyendo que todo era un gran error, que no era así como tuvo que empezar; que si los hombres nacieran viejos y crecieran más jóvenes año tras año, habría algo por lo que vivir, en vez de maldecir cada uno de los días por llegar. Y la noche en que murió le vendió su alma al diablo, o eso es al menos lo que mi vieja niñera negra solía afirmar. A la mañana siguiente nací yo"

“"¿Y eso cuándo fue, mi pequeño amigo?", pregunté.

“"El próximo diciembre hará ochenta y cinco años", respondió el niño. "Por supuesto mi memoria no llega tan lejos. Mi primer recuerdo es frente a un espejo con mi madre al lado desenredándome mi larga barba gris con un peine. Sí, ya tenía barba entonces; y todos aseguraban que al nacer era blanca como la nieve. Pero sobre ella mi primer recuerdo es que era gris. Una preciosa barba gris plata. Eso fue hacer mucho tiempo, ojalá ahora tuviera una.

“"Ya entonces yo era infeliz. Nunca pude conseguir que los viejos del pueblo jugaran conmigo a la gallinita ciega y al corre que te pillo, y me sentía muy solo. La gente comenzó a murmurar al verme con mi aro por las calles, o jugando a las canicas; a mi madre no le quedó otro remedio que mentir, asegurando que yo era un viejo tío suyo en su segunda infancia, aterrorizada ante la sola idea de que pudiesen adivinar la verdad. A veces los viejos me hacían señas desde el interior de las tabernas invitándome a entrar, allí me daban a beber absenta y luego me mandaban a casa, adonde yo llegaba trastabillando.

“"Y así pasó el tiempo. Poco a poco crecí y me hice más fuerte; el gris desapareció de algunas zonas de mi barba, y los extraños me tomaban por el hermano de mi madre. Dejé de jugar a las canicas y de perseguir el aro por las calles. No, ahora eran las chicas con las que me cruzaba lo que hacía que mi corazón latiese con más fuerza. Pero ellas no se dignaban a echarme un vistazo; o, si lo hacían, era para decir: "es tan viejo que podría ser nuestro padre"; y pasaban de largo. Pero hubo una que dijo: "¡Qué ojos tan jóvenes tiene!". Me casé con ella, y nos asentamos con el optimista pensamiento de que nada podría turbar nuestra felicidad.

“"Pero los años transcurrieron, y con cada uno de ellos yo me hacía más joven y mi mujer más vieja. Finalmente, nos encontramos en el momento más crítico de nuestros infortunios, cada uno dirigido a una dirección diferente. Y ninguno soportaba al otro. Nos cruzábamos sin mirarnos, ni siquiera nos tocábamos las manos. Debí sufrir entonces, cuando todo el gris de mi pelo desapareció. Estaba creciendo y comparativamente ya era un joven. Tuve niños, y pronto se fueron haciendo más viejos que yo; y ellos a su vez tuvieron hijos, los cuales también fueron ancianos a mi lado. Hasta ahora, en que todo lo que me queda es el viejo recuerdo del sabor de la absenta, la absenta a la que me invitaban aquellos ancianos cuando me llamaban desde las tabernas en los viejos días de mi borracha y senil infancia. ¡Cómo lloraba entonces cuando se negaban a jugar conmigo a las canicas!

“"Bueno, en fin, ahora tengo ochenta y cinco años y los gustos de un hombre de mi edad. Aunque ellos jamás me dan mi absenta, y esperan que no abra la boca para salvaguardar el honor de la familia. Por lo visto, soy un monstruo. Algo que ocultar en un cochecito de bebé, a recaudo de las miradas inquisitivas. ¡Ah!, por lo menos las muchachas me ofrecen una perspectiva de sus cuerpos que se guardarían mucho de darme si supiesen mi verdadera edad. Todavía me quedan cuatro semanas de vida. ¿Que cómo lo sé con tanta precisión? Pues lo sé porque el médico del hotel me examinó esta mañana y dijo que tenía exactamente cuatro semanas de edad. Pero deme su absenta, señor. No se aproveche de mí porque soy viejo e indefenso".

"¿Y le dio usted su absenta?", pregunté.

"Por supuesto", dijo mi amigo. "Le llené el biberón de la misma botella. Era tan débil y poquita cosa que tuve que acercarle la tetina a la boca. Luego subí a mi habitación, permitiéndole disfrutar de su biberón en paz. Cuatro semanas más tarde leí en el periódico la noticia de su muerte. Y bien, caballero, ahora que ya conoce la historia, ¿qué opina de ella?"

"Pues que se trata, ciertamente, de algo singular", respondí.  
 

Tod Robbins: The Bibulous Baby.  Publicado originalmente en The Thrill Book. 1 de julio de 1919

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TOD ROBBINS: THE MASTER OF MURDER

2 comentarios:

La Araña Peluda dijo...

jeje la vida al revés. Y encima el raro ser tenía una voz que era como una llave entrando en una cerradura podrida, como para morirse del susto. Buen relato.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Me alegra saber que un tipo tan olvidado como Tod Robbins todavía puede ser disfrutable, gracias Araña!

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