CHRISTOPHER ISHERWOOD

Durante un tiempo miré con desconfianza "Historias de Berlín", la crónica de los turbulentos años de Weimar que escribió Christopher Isherwood (1904-86). A primera vista Isherwood parecía el típico inglés educado en Cambridge, un dilettante a la caza de los decadentes oropeles berlineses y al que la complejidad de la Alemania pre-nazi debía por fuerza de quedarle muy grande. No ayudaba tampoco el hecho de que años después el director de cine Bob Fosse hubiese convertido parte de ese best-seller en un mediocre espectáculo de Broadway de éxito en los escenarios. Si existía un film ilustrativo al respecto, el honor debía recaer más bien en "El huevo de la serpiente" de Ingmar Bergman y no en "Cabaret".

Un error, por supuesto: la Alemania del período de Weimar comprende sin problemas el experimentalismo febril del Döblin de "Berlin Alexanderplatz" y al propio Isherwood, con toda su alegría y sencillez. Por lo que a éste toca, su permeabilidad a los ambientes y el carácter eminentemente tolerante del que hizo gala a lo largo de toda su vida estaban en consonancia con el estilo de su prosa -que le granjeó comparaciones con Hemingway- y con la elegancia con que retrató atmósferas y personajes desde la óptica del advenedizo. Isherwood demostraría luego ser un auténtico extranjero y no sólo un turista, al emigrar de Europa y establecerse en California junto a su amigo Aldous Huxley (con quien no dudó en compartir aventuras psicodélicas). Pero antes de eso volvería a flirtear con esa intensa Alemania a punto de caer totalmente en manos de los nazis, cuando en 1933 aceptó la oferta de escribir el guión de una película llamada "Little Friend”. El film no se cuenta entre los más memorables de su época, de hecho ni siquiera fue estrenada en Alemania; no obstante, a Isherwood le sirvió para escribir esta breve y deliciosa crónica de los avatares que rodearon la filmación.

"Violeta del Prater" es un modesto, pero a su manera sutil juego de espejos: su relación cordial con el posesivo director austríaco Friedrich Bergmann (en realidad Berthold Viertel) , establecido en Londres para escribir el guión junto al propio Isherwood, retrata la mirada del alemán puro sobre Inglaterra (y todos sabemos de la absurda admiración de Alemania con las Islas) a través de las impresiones de un inglés con debilidad por todo lo alemán. La combinación, que abarca literatura, cine, política y su curiosa relación personal, es tan afortunada como el mejor de los cócteles que pudiesen servirnos en un club de la época, el Tarmerlan, por ejemplo:

"Le diré, ese paraguas que llevan ustedes me resulta sumamente simbólico. Es la respetabilidad británica, que piensa: 'Tengo mis tradiciones y éstas me protegerán. Nada desagradable, nada que sea impropio de un caballero puede sucederme a mí en mi parque privado'. Este pomposo paraguas es la varita mágica de los ingleses, con la que tratarán de hacer desaparecer a Hitler. Y cuando Hitler, como un maleducado que es, se niegue a desaparecer, el inglés abrirá su paraguas y dirá: 'Bueno, ¿y a mí que más me da que llueva un poco?'. Pero lo malo es que la lluvia será una lluvia de bombas y de sangre, y el paraguas no es impermeable a las bombas".

Faltaban cinco años todavía para que Lord Chamberlain firmase los Acuerdos de Munich y, de vuelta en Inglaterra un desapacible día de viento, se fotografiase en el mismo aeropuerto agitando aquel papel firmado por puño y letra de Adolf Hitler, con la promesa de que Inglaterra no debía preocuparse en absoluto por los rumores de una guerra europea.

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