DOSSIER ESPÍAS: EN LOS BALCANES

 

K A P I T E L    Z W E I

Tras una estancia de quince días y ya en posesión de mi pasaporte, abandoné Viena. Estaba convencido de la inutilidad de cualquier intento de llegar a Turquía a través de Serbia, así que decidí hacerlo a través de Rumanía. De hecho esta era la única vía posible para mí. En el camino hacia Bucarest, donde la línea de trenes austríaca termina y da paso a la húngara, me dirigí a Brasso, la estación fronteriza de Hungría. En mi último viaje la frontera estaba situada en Predeal, pero siendo este territorio rumano, los austríacos se habían encontrado con que no tenían poder para actuar contra los espías y en consecuencia retiraron sus líneas a Brasso. Llegué a las cinco de la mañana después de treinta horas de viaje. El tren hacia Bucarest no salía hasta el mediodía, de modo que dediqué mi tiempo a vagar por este pueblo delicioso acurrucado entre las montañas de los Cárpatos.

Aunque pequeño, Brasso resulta de considerable importancia en estos días debido a las tropas austríacas que se han concentrado en él, en previsión de que Rumanía pueda rebelarse y dar problemas. El lugar estaba lleno de soldados, caballos y piezas de artillería, con munición de toda clase y calibre. La población civil parecía haberse esfumado. En las montañas de los alrededores se llevaban a cabo maniobras militares. Pude averiguar que había ochenta mil soldados concentrados.

Fue en su estación de tren donde descubrí el gran valor del pasaporte que había obtenido de la Oficina de Guerra en Viena. Me dejaron pasar sin apenas revisar mis papeles y echando sólo un somero vistazo a mi equipaje. Bendije a mi buen amigo el Hofrat. El trayecto a Bucarest resultó el viaje más miserable que nunca he llevado a cabo. Todas las ventanas de los vagones estaban cegadas por imperativo militar, aunque Rumanía no esté en guerra, lo que habla de las precauciones adoptadas por los rumanos en previsión de una posible invasión de su territorio. Un caballero rumano que viajaba en mi vagón me dijo que se estaban construyendo trincheras y fortificaciones por todas partes.

La diferencia entre Viena y Bucarest, el "Pequeño París" como lo llaman, adonde llegué a las siete de la mañana, es de lo más chocante. La capital rumana ha sido siempre famosa por su gran animación y por ser una meca del placer, y la guerra, lejos de haber atenuado esto, parece haberlo incrementado. Su población es mayor, el dinero corre por todas partes, los cafés y teatros están haciendo un gran negocio y el número de carruajes y de vehículos a motor resulta asombroso teniendo en cuenta que se trata de una ciudad pequeña. En estos momentos en que la exportación de trigo de Rusia y de los Imperios Centrales no es posible Rumanía se ha convertido en el gran mercado de cereal de los Balcanes. Me dijeron que la tercera cosecha del año acababa de ser recogida, y que todo el cereal producido se estaba vendiendo rápidamente. La consecuencia es que el dinero fluye por todos lados.

Miro atrás y veo mi estancia en Bucarest como un oasis de paz en un desierto lleno de peligros. Los rumanos son gente encantadora, y los Aliados deberían apreciar los esfuerzos de su gobierno para mantenerse neutrales. Su gobierno  intenta realmente mantener sus alimentos, su carbón y otros materiales básicos fuera del alcance de Austria o Turquía.

Por contra, la actitud de los búlgaros frente a la Entente fue siempre difícil de determinar; la mayoría de los búlgaros no siente simpatía ni por los alemanes ni por los turcos. Pero los políticos se han puesto nerviosos, y el oro alemán ha hecho el resto. En cualquier caso fracasé en mi intento de hallar en los búlgaros algún signo de simpatía hacia Gran Bretaña. La gente en general no sabe nada de este país. Hay un vago recuerdo de Gladstone en la memoria de los mejor educados. Sobre Alemania y su cultura por el contrario están muy familiarizados, gracias al trabajo de los medios de comunicación alemanes, las escuelas alemanas y la industria del cine alemán, además de su música y otros medios de "ocupación pacífica".

La pequeña Rumanía ocupa una posición extraordinaria en esta guerra. Rodeada por naciones que luchan entre sí, se ha convertido en un remanso de paz y no cabe duda sobre sus sentimientos amistosos hacia la Entente.

En Bucarest me alojé en el Hotel Frascati, donde pasé unos días deliciosos libres de ansiedad. Fue durante mi segundo día cuando recibí la primera prueba inequívoca de la posición del pueblo rumano. Una tarde fui al Casino de París, donde se hallaba reunida una multitud cosmopolita. Cuando la banda comenzó a tocar “La Marsellesa” un grupo de alemanes, que había estado bebiendo durante la cena algo más que moderadamente, expresó su descontento silbando y haciendo toda clase de ruidos. El resto del público sin embargo aplaudió a la banda con fuerza, y el incidente terminó allí.

Poco después, uno de los huesudos teutones ofreció al director de la banda veinte marcos por tocar “Die Wacht am Rhein”. El tipo parecía dispuesto a tomarlos, pero le confesó sus dudas de que el resto de los músicos lo secundase. Dijo dudar todavía más de que el público escuchase la canción sin protestar. Al final, superó sus recelos y los de la banda, pero cuando la orquesta comenzó a tocar la canción estalló un pandemónium. "À bas les Allemands!" y otras exclamaciones por el estilo se escucharon por toda la sala, con ocasionales "Á bas les bosches!", hasta que los músicos pararon. Los alemanes tuvieron que abandonar el Casino con cierta precipitación, bajo los silbidos de la audiencia.

Rumania es decididamente pro-Entente, y en particular, pro-Francia. Su mayor aversión la sienten por Austria, y en grado superlativo por Hungría. Una tarde fui a ver un filme titulado "Bajo el yugo de Austria-Hungría", que describía el sufrimiento de los rumanos viviendo bajo las leyes austríacas. Cuando se mostró determinado incidente, la audiencia se puso en pie y chilló: "¡Abajo Austria! ¡Abajo Hungría!". Estas demostraciones no son nada raras, y prueban claramente cuál es la posición de la opinión pública al respecto.

El ejército rumano se muere por entrar en guerra. No revelo ningún secreto desde luego, ya que Rumanía está atestada de espías alemanes. Durante mi corta estancia entré en contacto con muchos oficiales rumanos que decían sentirse muy frustrados por la lentitud con que la Entente lleva a cabo sus operaciones. Están del todo convencidos, en cualquier caso, de que la victoria será Aliada, y me aseguraron que ninguna influencia, ninguna presión, política o de otra clase, los inclinará hacia el bando alemán. No llegan a comprender las dificultades de los Aliados; no entienden que Alemania ha estado preparándose para esta guerra durante toda una generación; que los Poderes de la Triple Entente fueron pillados por sorpresa y no se hallaban del todo capacitados. Esto es lo que traté de hacerles comprender, urgiéndoles a que esperaran un poco más.

Dudo en ofrecer consejo al Gobierno Británico; pero desearía, por su propio interés y por el de sus aliados, que comprendiesen la necesidad de hacer saber a los rumanos el magnífico trabajo que están llevando a cabo ejército inglés y su Armada. La simpatía natural de los rumanos es por los franceses e italianos; no olvidemos que se trata de un pueblo latino. Sus periódicos publican muchos artículos sobre los ejércitos de estos países. Los alemanes disponen de sus propios periódicos, impresos en lengua rumana. Su propaganda y su oro lo inundan todo, con objeto de mantener la neutralidad del país.

Una de las estrategias favoritas de los alemanes consiste en exagerar cualquier contratiempo que sufran los Aliados, magnificando cada uno de sus propios triunfos, y sobre todo, insistir en la magnitud de la tarea que la Entente trata de realizar. Cuando estuve en Budapest el tema principal de los periódicos era el de los Dardanelos: largas y detalladas descripciones de las derrotas aliadas, abundantemente ilustradas. El rumano no carece de inteligencia y es capaz de evaluar bastante bien el carácter prusiano, prefiriendo perder hasta el último hombre en la batalla antes que compartir el destino de Bélgica, Serbia o Montenegro. Pero tampoco es inmune a la propaganda alemana.


Dejé atrás la abundancia de Rumanía, con su música y su pan tierno, y me dirigí a Sofía. En Giugiu, la estación fronteriza en el Danubio, tomé el ferry y crucé a Rustchouk, en territorio búlgaro. Aquí tuve que esperar al tren un día y una noche. Rustchouk es un pequeño lugar terrible, hundido hasta los tobillos en el barro, y ahora miro hacia atrás con desmayo al recordar las horas espantosas que pasé en ese horrible agujero. Pero todas las cosas tienen sus compensaciones, y a cambio obtuve información muy interesante.

En el Danubio eché el ojo a cuatro observadores austríacos. Me dijeron que estaban allí para proteger las ciudades austríacas y búlgaras de la ribera frente a un posible ataque ruso. Vi con el mayor interés que se estaba produciendo un enorme trasiego de material ferroviario ligero, principalmente raíles y traviesas, transportados en barco en dirección a Turquía. Me enteré de que iba destinado a la campaña contra Egipto.

A las autoridades búlgaras las encontré más difíciles de tratar que las austríacas; era algo que sabía de mi anterior viaje, por lo que en Viena había tomado ya la precaución de obtener un pasaporte especial de la Legación Búlgara. Incluso así me tropecé con grandes contratiempos, y antes de permitirme continuar con mi viaje se me sometió a un completo examen. Estos desagradables interrogatorios eran algo que me destrozaba los nervios; ordalías espantosas a las que no podía acostumbrarme. Quizá era que mi imaginación se disparaba; pero en mi mente siempre aparecían con toda claridad las consecuencias de cualquier desliz.

Durante mi primera visita a Viena en guerra tuve una experiencia muy desagradable que me hizo ver cuán importante era andarse con pies de plomo. Un día me encontré por la calle a un tipo inglés al que conocía de Londres, y al que no habían internado. Me invitó a un cigarrillo y luego lo acompañé a su hotel. De inmediato se me llamó la atención por fumar un cigarrillo inglés, lo cual, unido al hecho de que parecía conocer al hombre que me acompañaba, motivó mi arresto. Pasé un día entero en una prisión austríaca. Este pequeño incidente me produjo una gran turbación, y un stress que me acompañó durante el resto de mi viaje. Y debo añadir que este duró siete semanas.

Mientras chapoteaba por las embarradas calles de Rutschouk me fijé en que había soldados alemanes por todos lados; parecían estar a cargo de todo, incluido los trabajos del puerto y los edificios militares. Había escasez de azúcar y tuve que tomar el té y café sin ella. La leche era asimismo imposible de obtener, y si existe algo en el mundo esencial para mí es la leche y la nata. Recuerdo que alguien me dijo una vez que yo debería haber nacido gato.

Me vi obligado a pernoctar en un sucio hotel que se regocijaba en llamarse a sí mismo "Hotel Bristol", acomodado en el único cuarto disponible, que desafiaba la descripción más zafia. La cama estaba tan sucia que juzgué un mal negocio tumbarme allí y acabé durmiendo en dos sillones. Al día siguiente partí hacia Sofía. El viaje me llevó veinte horas, debido principalmente a la falta de carbón. Nunca he experimentado un viaje más monótono. Los búlgaros habían pintado los cristales de las ventanas de blanco, para que nadie pudiese fisgar en los secretos militares que se estaban desarrollando en el exterior. Imagina lo aburrido de permanecer sentado veinte horas en un pequeño compartimento sin la posibilidad de dirigir tu mirada al paisaje. Sin periódicos, sin cigarrillos. Sin comida. Nada a la vista sino el otro lado del vagón, o los paneles pintados de blanco. Pasé la mayor parte del tiempo dormitando.

Cuando el tren se detenía en alguna pequeña estación salía fuera y trataba de conseguir algo de comida. En una de ella, para mi alegría, conseguí algo de pan duro y un trozo de chocolate, que obviamente había sido manufacturado antes de la guerra. No me atreví a beber agua por temor al cólera, y cuando al fin llegamos a Sofía me hallaba en un estado de casi completo colapso. Di gracias por poder dirigirme al "Splendid" Hotel, situado en el centro de la ciudad.

En Sofía no había nada de la animación de Bucarest. Yo me había olvidado de la guerra durante cuatro días, pero aquí regresaba de nuevo a mi cabeza, vívida y real. Por todas partes se veían arrogantes oficiales alemanes, porque la ocupación es firme y casi tan completa como en Constantinopla. No parecía existir vida social, todo era gris, reinaba la monotonía y echaba de menos la animación de Bucarest. Curiosamente, lo más impresionante de Sofía son sus baños turcos, ahora situados en el interior de un nuevo y gran edificio; se les considera los mejores del mundo.

Fue en Sofía donde vi otro ejemplo de la minuciosidad y delicadeza de los alemanes. Cuando –a través de los turcos– comenzaron a sobornar a los jefes árabes para que declarasen la guerra a Inglaterra, sus "regalos" consistieron no sólo en dinero, joyas y caballos, sino también en jóvenes circasianas que tomaban de los harenes turcos. No tuve el placer de conocer a estas señoritas, tan importantes para el establecimiento de las nuevas alianzas internacionales. En su trato con los búlgaros los alemanes revelansimilar astucia, y sus magnánimas manos les entregan el trágico botín obtenido a costa de los hogares serbios: armas, municiones, rifles, muebles domésticos y joyería diversa de origen serbio se encuentran por doquier en Sofía.

No tendría sentido esta política de sobornos si no produjera rápidos efectos: por todas partes vi a oficiales alemanes y oficiales búlgaros mezclados entre sí y pasándoselo bien, y a soldados alemanes y chicas búlgaras en actitud cariñosa.

En Sofía sólo puede obtenerse pan negro. El azúcar no existe, y el carbón escasea, aunque no es tan caro como en Constantinopla. El pueblo búlgaro en cualquier caso experimenta ya el desagradable despertar que sigue siempre al buen trato alemán: la falta de comida y otra clase de abastecimientos.

Ojalá hubiese podido traer conmigo un par de ministros del Gabinete Británico; no con objeto de hacerles partícipes de mis privaciones o para poner en riesgo sus valiosas vidas, sino para que apreciasen en todo su valor la eficacia de un arma que todavía no han aprendido a usar: la Armada Británica. Uno de los mejores modos de acortar la guerra consiste en provocar disensiones, no sólo entre los alemanes sino también entre sus aliados -Austria-Hungría, Bulgaria y los turcos. Y no hay mejor modo que provocándoles eso que llaman "presión del estómago".

En Sofía todavía parece circular la plata, pero los búlgaros, que siempre han sido pobres, están ahora experimentando bajo la ocupación alemana un grado de miseria sin precedentes. En mi opinión, si pudiéramos llevar esto un poco más lejos, se daría pie a problemas con los matones alemanes, que siempre están halagándoles con regalos pero principalmente con promesas.

La conquista de Serbia ha llenado de entusiasmo a los austríacos, que son más anti-serbios que anti-rusos. Desde que la guerra comenzó los amos de Berlín han pasado por momentos de especial dificultad para mantener alto el ánimo de los austríacos. Estoy convencido de que este no es uno de esos momentos. Hace tantísimo tiempo que la infeliz Austria no encuentra motivos para la celebración de una victoria, que la novedad ha producido un enorme efecto estimulante en todo el país. Su historia reciente muestra un catálogo de derrotas y retiradas. Prusia los machacó en unas pocas semanas en 1866, y ahora empiezan a sentirse un poco a la altura de sus señores. Además de la incorporación del nuevo puerto de Antivari en el Adriático, contemplan con entusiasmo la posibilidad de asegurarse Venecia y el norte de Serbia. Por ahora están embriagados con la sensación de victoria, que se atribuyen tontamente a sí mismos; aunque en el fondo su aversión a los prusianos se mantiene intacta como antes de la guerra.

La vehemente campaña alemana en Inglaterra ha suscitado un gran interés en Austria, generando un intenso debate en los miles de cafés que existen a lo largo y ancho del país. La propaganda de Berlín ha fomentado la creencia de que el típico inglés medio sólo está dispuesto a luchar si se le paga, con un extra, además, por cada batalla, convirtiéndose esta idea en casi un artículo de fe para los austríacos. Les resulta imposible entender el espíritu del nuevo ejército británico en este guerra, cuyos hombres proceden de todas partes del Imperio. En Viena, como en otros lugares, se me aseguró muy solemnemente que los ingleses ricos permanecían en sus seguras mansiones y castillos, cazando, jugando al fútbol y pasándoselo bien. Ni siquiera dieciocho meses de guerra han afectado al diagnóstico austríaco del "sport-krankheit" (enfermedad del deporte).

Al día siguiente a mi llegada a Sofía mantuve una interesante conversación con dos oficiales búlgaros que se alojaban en el mismo hotel que yo. Me estuvieron contando sobre la retirada de las tropas franco-británicas de Serbia hasta territorio griego. Estos búlgaros estaban encantados de luchar contra los ingleses porque, en su retirada, los súbditos de la Reina dejan siempre tras sí un valioso botín. Por ejemplo muchos soldados húngaros, antes granjeros, no han probado jamás el chocolate, y cuando los ingleses tuvieron que evacuar sus campamentos se encontraron con que en su retirada habían dejado atrás considerables cantidades de chocolate y mermelada.

En particular estos oficiales búlgaros estaban ansiosos por enterarse de las nuevas noticias sobre Grecia. Creyeron que yo, por venir del extranjero, podría adelantarles lo que Grecia se disponía a hacer o no hacer. Tras hablar con ellos un rato me convencí de que temen que Grecia entre en guerra. No les gustan los griegos; de hecho los aborrecen. Pero tampoco les gusta la idea de tener que enfrentarse a Grecia justo ahora. Cuando los interrogué al respecto me comentaron que gran parte del ejército búlgaro se está preparando para cualquier eventualidad que pueda venir de Rumanía y Rusia, y que el resto no es suficiente para pelear con el ejército griego, reforzados como están ahora con la incorporación de tropas franco-británicas. Me dije a mí mismo que si los líderes griegos, con su Rey pro-germano, supiesen esto, aprovecharían el momento para resolver sus viejas cuitas con los búlgaros.

Algo que me asombró: que donde quiera que pongan su bota los germanos, les sigue una ola de estrecheces y escasez. Cuando visité Bulgaria hacía ocho meses no existía lo que podría llamarse abundancia de alimentos, pero sí había la suficiente como para abastecer a la gente. Tan pronto los alemanes convencieron a los búlgaros para seguirles, apareció la hambruna. La primera cartilla de racionamiento de azúcar se expidió tan pronto yo llegué a Bulgaria; me atrevo a decir que muy pronto comenzarán a funcionar otras cartillas. La gente, en particular las mujeres, agobiaban a los oficiales sobre cómo conseguir esas cartillas, y los gritos y trifulcas mostraban cuán descontenta está la gente con todas estas regulaciones. La situación financiera tampoco muestra visos de mejorar. El dinero en papel circula por todas partes, pero las monedas de plata apenas se ven. Y el oro brilla por su ausencia.

Resulta destacable que entre todos los países balcánicos Bulgaria sea el único donde el idioma alemán resulta hasta cierto punto familiar. Con cierto orgullo, se llaman a sí mismos "la pequeña Alemania", pero en honor suyo debo decir que existe una marcada diferencia entre búlgaros y alemanes. Los búlgaros no son brutales, sino sencillos y extremadamente educados, tres cosas de las que los alemanes no podrán ser acusados jamás. Los oficiales se codean con los soldados, como en Francia. Son sencillos y nada pretenciosos. En el tren pude ver cómo un capitán búlgaro sacaba de su bolsillo un pedazo de salchichón y se lo comía delante de nosotros. Un oficial alemán nunca haría eso.

Antes de la guerra se enseñaba francés como primera lengua extranjera en los colegios búlgaros; ahora se enseña alemán. Quizá por eso la mitad de los oficiales búlgaros con los que hablé se comunicaba en francés, ignorando el alemán.

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