DOSSIER ESPÍAS: WILLIAM LE QUEUX Y LOS ESPÍAS DEL KÁISER

Aunque la novela de espías de posguerra es considerada a veces una ramificación del género negro, los orígenes de ambos revelan un tronco común: las historietas decimonónicas de la llamada "escuela Rogue", que con manga ancha podía agrupar a escritores de nacionalidad diversa como el francés Maurice Leblanc, el estadounidense O.Henry o los británicos Max Pemberton y E.W. Hornung: narraciones ligeras de misterio con protagonistas característicos –granujas “high class” y timadores especialistas en la impostura y el disfraz, sobre todo–, casi siempre en clave amable, que anticipaban en pocos años a los detectives y anarquistas del Chesterton de "El hombre que fue Jueves". También sería imperdonable no mencionar al maestro Stevenson de “Las nuevas noches árabes”, precursor de todos ellos, y a su discípulo Arthur Machen que insuflaría al género una atmósfera de horror en su inolvidable novela de episodios de 1895 “Los tres impostores”.

Fue en el cierre del siglo cuando la novela de espías propiamente dicha comenzó a encontrar su lugar con E. Phillips Oppenheim (autor de "The zeppelin's passenger", entre un centenar de libros y cuentos cortos de enorme impacto popular) y John Buchan ("Los 39 escalones" se publicó en la fecha clave de 1915). Pero si existe un autor que ejemplifica el subgénero de agentes secretos alemanes, ese fue sin duda William Le Queux.

Le Queux no era un chupatintas o un ratón de biblioteca cualquiera sino, por el contrario, lo que llamaríamos “a man of action” que no dudó en involucrarse de lleno en el clima de alarmismo pre-bélico de la primera década del siglo, exacerbándolo todavía más. De padre francés y madre inglesa, estudió en París y en su juventud se recorrió a pie buena parte de Europa y el norte de África antes de instalarse en el Londres imperial. Allí trabajó para The Globe como reportero especializado en política parlamentaria y, en el futuro, llegaría a ser cónsul honorario en San Marino y un pionero de las retransmisiones radiofónicas musicales.

Como novelista es autor de innumerables títulos, que en su día pretendieron ser mucho más que ficción: Le Queux trataba de tú a tú a los miembros del Parlamento y de la policía metropolitana agobiándolos con sus "reportajes de investigación" sobre la vulnerabilidad de Inglaterra y el peligro que entrañaba el Servicio Secreto alemán. Si realmente trabajó para la inteligencia británica, es algo que permanece en el misterio para este humilde escriba.

La invasión de Inglaterra formaba parte del imaginario colectivo de los ingleses desde, tal vez, la llegada de las legiones romanas a Britania, y ya había sido tratada por el novelista Erskine Childers con gran éxito en su libro “The riddle of the sands” en 1903, señalando a Alemania como el lógico invasor; pero lo que para Childers fue un tema puntual, para Le Queux se convirtió en su recurrente leit motiv (la redundancia no es gratuita): su gran novela-pronóstico de 1906 "La invasión de 1910" vendió la friolera de un millón de ejemplares y se tradujo a veintisiete idiomas, entre ellos el alemán, aunque para disgusto suyo el editor germano añadió un final alternativo en el que Inglaterra y el Káiser capitulaban la paz en vez de ser los alemanes rechazados heroicamente de las Islas. Casualidad o no –pero, sin duda, con gran satisfacción de Le Queux– fue entre esas fechas cuando se fundó en Inglaterra el MI6 (junto con el MI5) como la sección extranjera de la oficina del Servicio Secreto.

Como estrategas publicitarios, a Le Queux y a su editor el magnate de la comunicación Lord Northcliffe no les faltaba ingenio y audacia: en su momento de mayor tensión llegaron a contratar los servicios de una troupe de actores que, para asombro de los londinenses, se pasearon por Regent Street vestidos como oficiales prusianos –monóculo incluido.

El asunto se le revolvería como un rabioso Dachshund de pesadilla cuando finalmente estalló la guerra y su obsesión por los alemanes mutó en paranoia. Convencido de que Berlín quería asesinarlo por haberse anticipado a sus planes y estrategias, exigió repetidamente a las autoridades ser puesto bajo protección; pero el comisario de la policía Sir Edward Henry, que ya tenía bastante con los dinamiteros anarquistas y estaba además acostumbrado al trato con excéntricos megalómanos –Aleister Crowley y su círculo sin ir más lejos– lo consideró innecesario y se negó.

 

Los Espías del Káiser 
Planificando la invasión de Inglaterra

Por William Le Queux: Autor de
"La Invasión de 1910"

Parte del mapa de la nueva base naval de Rosyth, descubierto en manos de un espía alemán.

PREFACIO

Nadie en su sano juicio puede negar que Inglaterra está en un grave peligro de ser invadida por Alemania en una fecha no lejana.

Es una situación que ya he intentado exponer sin tapujos a la opinión pública en mi reciente obra, La Invasión de 1910, cuya publicación ha levantado una tormenta de indignación contra mí tanto en Alemania como en Inglaterra.

El Gobierno británico, se recordará, se esforzó en prohibir su publicación, por contener mi libro verdades muy serias que era mejor ocultar a los ciudadanos, y su publicación –desafiando las resoluciones de la Cámara de los Comunes y la presión que sobre mí ejerció el Primer Ministro– me granjeó acusaciones de alarmismo.

Años después, ¿no se han cumplido acaso todas mis advertencias?

Soy inglés y, espero, un patriota. No deseo crear un estado de alarma infundada. Lo que he escrito en el presente volumen en la forma de ficción está basado enteramente en hechos muy serios sacados de mi propia experiencia e información personal.

Que los espías alemanes trabajan de forma activa en Gran Bretaña es algo sabido por las autoridades. El número de agentes del Servicio Secreto alemán que en estos momentos operan ocultos entre nuestra niebla, al servicio del Departamento de Inteligencia de Berlín, es de más de cinco mil se crea o no. A cada uno de estos agentes –conocidos como "correos permanentes"– se le ha asignado la misión de descubrir cada secreto que guardemos, y tomar notas en cada distrito de los más pequeños detalles que puedan ser de utilidad al invasor cuando este se decida a pasar a la acción. Estos "correos" son, a su vez, controlados por los agentes itinerantes, que los visitan con estipulada regularidad, asignándoles trabajo, recogiendo los informes y pagándoles su asignación mensual, que varía entre las diez y las treinta libras según sea la posición social del espía o el trabajo específico que se les haya encomendado.

Los espías no son siempre alemanes. A veces tienen pasaporte suizo, belga o francés; ejercen diversas profesiones, y son identificados en la Oficina Central únicamente por un número, igual que la información mensual que suministran. Cada seis meses se lleva a cabo una "inspección" y sabemos que la recompensa económica recibida por alguno de estos agentes ha sido realmente digna de mención, lo cual habla del éxito de su trabajo.

En Inglaterra toda esta brigada de espías es controlada por un bien conocido miembro de la policía secreta alemana en Londres, que es de quien los agentes itinerantes reciben las órdenes, transmitiéndolas luego a todos los "correos residentes" que hay esparcidos a lo largo y ancho del país.

Mientras escribo esto, tengo ante mí un asombroso número de informes y documentos que muestran claramente la enfebrecida actividad llevada a cabo por esta avanzadilla del ejército enemigo con objeto de surtir a sus empleados de la más eficaz y detallada información. Estos informes han sido puestos a disposición del Ministro de la Guerra, quien me los ha devuelto sin añadir el más mínimo comentario.

El Ministro es perfectamente consciente de la verdad, y no puede negarla a la luz de estos documentos incriminatorios.

Se dice que los alemanes no necesitan ingeniar ningún extraordinario sistema de espionaje en Inglaterra, porque pueden conseguir los mapas de nuestros pertrechos militares a un chelín por cabeza. La pregunta es: ¿dan estos mapas una idea útil del número de caballos y vehículos en cada distrito, de los almacenes de abastecimiento y forraje, del mejor modo de destruir nuestros puentes, líneas de telégrafo y teléfono, y de la manera en que mejor pueden comunicarse, entre otros asuntos de vital importancia para el invasor? Cuestiones de esta índole, entre otras, son cada día tratadas en los informes que los espías alemanes transmiten a Berlín, así como los secretos de cada detalle de nuestros armamentos, defensas y nuevas invenciones.

Ayudado por un bien conocido oficial detective, en los últimos doce meses he llevado a cabo personalmente una investigación sobre la presencia y el trabajo de estos espías; una investigación que ha supuesto un gran número de desplazamientos, mucha vigilancia y, a menudo, grandes molestias e incomodidades, porque creo que en las actuales circunstancias es preciso establecer un sistema de contraespionaje tal y como han hecho los franceses.

Me veo obligado a abstenerme de dar nombres y fechas auténticas, por razones obvias. En consecuencia también me veo obligado a presentar los hechos en la forma de ficción –ficción que, espero, contenga su propia y específica moral patriótica; y lo hago a sabiendas de que otra vez se me acusará de tratar de extender el pánico entre la población.

El Coronel Mark Lockwood, miembro del Parlamento por Epping, emitió ya en 1908 una nota de alarma cuando formuló al Ministro de la Guerra, y más tarde al Primer Ministro, serias cuestiones acerca de la presencia de espías alemanes en Norfolk, Suffolk, Essex y otros lugares. El Coronel señaló que durante dos años estos individuos habían estado operando en base a un plan estratégicamente establecido, tomando fotografías, elaborando planes y anotando cuidadosamente cualquier información relevante por todo el territorio del este de Inglaterra.

Con toda la razón, declaró que este organizado sistema de espionaje tenía un único objeto, a saber: preparar un súbito ataque a nuestras costas, "el Día" –como se conoce en Berlín el día en que se llevará a cabo la invasión de Inglaterra.

La respuesta de los ministros de Su Majestad fue tibia y gris, aunque tanto el Ministro de la Guerra como el Premier se han confesado a ellos mismos su incapacidad para tratar la situación. Bajo nuestras leyes actuales un espía extranjero tiene práctica libertad para moverse donde desee e intrigar contra Inglaterra, mientras nosotros, como las avestruces, escondemos la cabeza bajo la arena ante los signos de un peligro inminente.

Ya quedan atrás los días en que un soldado inglés valía lo que diez soldados extranjeros. La ciencia moderna aplicada a la guerra ha cambiado esto. Todos los Clubs del Rifle de Inglaterra no podrían detener un batallón alemán, porque ese batallón alemán ha sido entrenado y disciplinado en el arte de la guerra, mientras en nuestros clubs no existe entrenamiento ni disciplina alguna. Aunque en nuestro país cada hombre útil se uniese a un Club del Rifle no estaríamos más cerca de detener a los invasores alemanes que en el caso de que se movilizase a los hinchas de todos los clubs de fútbol. Nuestra confianza "territorial" es una ilusión. Los entrenamientos quincenales que se llevan a cabo en campamentos de la costa son como picnics, no pueden llamarse adiestramiento militar. El arte de la navegación, la ciencia de la ingeniería, o las habilidades de la construcción militar no pueden enseñarse en catorce días anuales, mucho menos el arte de hacer la guerra.

Nuestra fuerza naval también está retrasada. Pero, ¿es esta la impresión que recibe la engañada opinión pública?

En una fecha tan reciente como el 29 de marzo de 1909, Sir Edward Grey, respondiendo al voto de censura de Mr. Balfour en la Cámara de los Comunes, se vio obligado a admitir que

"el programa alemán ha creado una nueva situación; cuando su calendario se complete, Alemania, un gran país pegado a nuestras costas, dispondrá de una flota de treinta y tres buques de guerra, y esa flota será más poderosa de lo que el mundo ha contemplado jamás. Todo ello nos impone la necesidad de reconstruir nuestra Armada. Esta es la situación".

Alemania es un país amigo. Por el momento. Pero el Príncipe Buelow admite ahora que el alarmante telegrama del Káiser al Presidente Kruger no era un capricho personal fruto de un arrebato, sino la manifestación de la asunción de una nueva política nacional.

¿Qué podemos esperar el día de mañana?

 

     

WILLIAM LE QUEUX: Spies of the Kaiser

2 comentarios:

El Abuelito dijo...

...no sabe con cuánto gusto se leen sus artículos acerca de los espías germanos... placer incrementado al máximo al traer a colación autores pulp absolutamente olvidados hoy y que caen dentro de mi esfera de intereses, como Le Queux o Max Pemberton, ¡Qué difícil es conseguir noticias suyas eredactadas en español! Y qué actualidad la suya, en esta nueva Europa por fin regida por Alemania como deseaban el Kaiser y el Fuhrer, esta vez sibilinamente y sin disparar un solo tiro...

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Gracias, Abuelito! Cada vez que veo a la Merkel mano a mano con el presidente de turno francés, me quedo turulato de asombro. Posiblemente los ingleses sean los únicos -entre los "no rescatados", se entiende- que siguen desconfiando de Alemania. Y no seré yo precisamente quien hable mal de ella, pero... es inevitable no pensar en el hecho probado de que cuando Alemania la pifia, lo hace a lo grande, con "Der Ring des Nibelungen" como banda sonora del viaje global a los infiernos.

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