prix_de_beaute

Ocasionalmente Louise Brooks recibe llamadas de periodistas y fans, pero la mayor parte del tiempo ha estado viviendo, tal como ella misma me comenta, “en un aislamiento virtual, con las únicas audiencias del lechero y de la mujer de la limpieza. Solía beber una pinta de ginebra, convirtiéndome entonces en lo que Dickens llama “gincoherente”; me iba a la cama y permanecía adormilada durante cuatro días. Eso me dejaba tres días para leer, escribir un poco, y recibir a algún extraño inesperado. Nada de sacerdotes por cierto –dije adiós a la Iglesia en 1964. De vez en cuando hay alguna carta por responder. En 1965 por ejemplo un artista italiano llamado Guido Crepax comenzó a dibujar un comic muy sexy y que se haría muy popular, acerca de una chica llamada Valentina, que era exactamente como Lulú. De hecho, ella misma se identifica conmigo en algún momento. Crepax me escribió para agradecerme la inspiración y dijo que me recordaba como un mito del siglo XX. Yo le agradecí el tributo y le escribí para decirle que al final sentía que por fin podía desintegrarme felizmente en la cama con mis libros, mi ginebra, mis cigarrillos, café, pan, queso y mermelada de albaricoque. Durante los años 60, apareció la artritis, y en 1972 tuve que comprarme un bastón especial para poder moverme. Luego, hace cinco años, la enfermedad me golpeó de verdad. La sangre dejó de correr por mis venas con la presión requerida. Me desmayé. Fue una caída atroz y casi me destrozo la cadera. Ese fue el fin de mis borracheras o de cualquier otra forma de escape. Supe que la lucha comenzaba de nuevo, sin nada que yo pudiera hacer, más que enfrentarme al absoluto sinsentido de mi vida. Todo lo que he conseguido desde entonces es mantener las piezas juntas. Y a esa pequeña ardilla enjaulada que tengo en el cerebro distraída en la medida de lo posible”.

Como figura emblemática de los años veinte, epítome de las flappers, las chicas jazz y las bailarinas hijas del “baby boom”, Brooks tiene pocas rivales, vivas o muertas. Además, ella es única entre estas figuras en el sentido de que su carrera la llevó a todos los lugares –Nueva York, Londres, Hollywood, París y Berlín- en donde estaba la acción, epicentros experimentales no sólo a nivel artístico, sino en términos de fervor y placer. Brooks saca del armario de su dormitorio una avalancha de abultados sobres color manila, cada uno de ellos rebosante de recuerdos de su “década plácida”. Esta autodidacta solitaria, con sus percepciones cada vez más agudizadas tras largos años de inmersión en libros y más libros, vuelve la vista atrás -por mi culpa- y observa a esa chica novata y sociable que fue una vez; y mucho de lo que halla parece divertirla. Cada instantánea le sugiere un título, un comentario. Mientras lo hace me vienen a la cabeza esos dibujos animados de Max Beerbohm, que representan siempre la conversación del protagonista con su versión joven.

“Aquí estoy yo en 1922, en Nueva York por primera vez, y la etiqueta de “bonita y muda” me viene que ni pintada. La mayoría de las jovencitas “bonitas-pero-mudas” se creen que son muy listas, y suelen salir bien paradas porque el resto en general tampoco es que sea más listo. Tú mismo puedes ver sus equivalentes modernas en cualquiera de esas tertulias de televisión. Pero hay también un pequeño grupo de jóvenes bonitas-mudas que realmente son conscientes de su incapacidad, y esto las hace vulnerables y las deja sin recursos. Se convierten para los demás en el Gran Chiste. No conocí a Marilyn Monroe, pero estoy segura de que esa asfixiante conciencia de la estupidez propia fue una de las cosas que contribuyó a matarla. Yo también me convertí en un gran chiste, primero en Broadway y luego en Hollywood… Este de aquí es Herman Mankiewicz, el invitado ideal en un coloquio de televisión, ¿no te parece como adelantado a su tiempo o algo así?. En 1925, Herman intentaba educarme, e inventó la Sociedad Literaria Louise Brooks. Una chica llamada Dorothy Knapp y yo éramos las mejores piezas de la compañía, la Ziegfeld. Teníamos un gran camerino en el quinto piso del teatro New Amsterdam, y gente como Walter Wagner y Gilbert Miller solían venir por allí, aparentemente para escucharme cuando Herman me daba a leer críticas de libros. A lo que iban en realidad era a ver el reflejo de Dorothy desnudándose en un gran espejo de cuerpo entero. Me consuela pensar que, como una idiota, yo recibía un poco de consuelo por tener allí a ese selecto grupo de intelectuales… Ese debe ser Joseph Schenck –señala-, fue quien me ofreció en nombre de su hermano Nick un contrato con MGM por trescientos dólares a la semana. Pero yo elegí Paramount, que me daba doscientos cincuenta. Tal vez debí inclinarme por MGM, me hubiese relacionado entonces con lo que yo llamaba “el club de amigas del abrigo de visón de Joe Schenk”. Podías reconocerlas enseguida en el Club 21 porque ni almorzando se quitaban sus abrigos de visón… Aquí está Fritzi La Verne, envuelta casi hasta la asfixia en sus habituales plumas de halcón. Compartí cuarto con Fritzi durante un tiempo, en Follies, y puedo asegurarte que ella sola sedujo a más bailarinas que William Randolph Hearst y el propio Ziegfeld juntos. Esa es la razón por la que yo me gané reputación de lesbiana. En principio no me molestaba, y de hecho encontré divertido dejar que lo creyesen. Solía dejarme ver de su mano en público. Ella tenía un novio búlgaro, pequeñito, más o menos de nuestra altura, y a veces nos poníamos sus trajes y nos paseábamos por Nueva York. Incluso cuando me trasladé a Yahoo City, en California, nunca pude detenerme en lugares de ambiente sin que me invitaran casi de inmediato a desnudarme y tumbarme con todos los demás, que exponían al sol sus cicatrices producto de operaciones estéticas. Pero yo sólo me sentía atraída por los cuerpos masculinos. Lo que me saca de quicio es pensar que debido a las escenas lésbicas con Alice Roberts en “Pandora’s Box”, probablemente pasaré la historia como otra de esas malhumoradas tortilleras. Un amigo mío me comentó una vez: “Louise, tú no eres una lesbiana, tú eres un marica”. ¿Puedes explicarme tú a qué se refería?. Por cierto, ¿no te estás cansando ya de escuchar mi nombre? Estoy considerando la idea de cambiármelo. Ya he visto a cinco personas con el apellido “Brooks” en el último número de Variety. ¿Qué tal sería June Caprice? (capricho de junio), ¿o Louise Lovely?”

Le digo que no con la cabeza. Ella continúa hojeando su colección. “Esta, por supuesto, es Martha Graham, cuyo genio absorbí hasta el tuétano durante los años en que bailamos juntas. Tenía mucho carácter. Ya sabes, esos prontos que le llegaban nadie sabe de dónde. Una tarde, mientras esperábamos nuestro turno para salir al escenario –yo tenía dieciséis años-, me agarró, me zarandeó furiosamente y gritó: “¿Por qué demonios te empeñas en arruinar tus pies llevando esos zapatos tan ajustados?”. En otra ocasión, ella estaba sentada tranquilamente poniéndose flores en el pelo, cuando de pronto agarró una botella de crema y la estrelló contra el espejo. Se quedó mirando el espejo destrozado, como enfrentándose cara a cara a la consabida maldición, luego movió los frascos de maquillaje y cremas hacia otro espejo y continuó poniéndose flores en su pelo tan tranquilamente. Me recuerda a aquella vez en que Buster Keaton me llevó a las afueras de Culver City con su coche. Tenia allí un bungalow, detrás del grupo edificios de la Metro. Las paredes del comedor estaban cubiertas con grandes librerías de cristal. Buster, que no iba borracho, abrió la puerta, encendió las luces y agarró un bate de béisbol. Luego, con mucha calma, destrozó todas y cada una de esas estanterías. ¡Cuánta frustración en un cuerpo tan pequeño!... Estos de aquí son Scott Fitzgerald y Zelda. Inevitablemente tenían que aparecer. Los conocí en enero de 1927, en el Hotel Ambassador en Los Angeles. Estaban juntos en un sofá, como una pareja cómica, y recuerdo que lo primero que me llamó la atención fue lo pequeños que eran. Yo había ido a ver al escritor genial, pero quien dominaba la habitación era Zelda, con su relampagueante inteligencia. Me abrumó. Tenía todas las características de una bruja. Casualmente yo había estado leyendo textos de Scott y sentía curiosidad sobre ellos. Al principio, antes de que Hemingway se hiciese famoso, Scott siempre escribía mal su nombre, lo hacía con dos emes. ¿Y cuándo crees que empezó a escribirlo correctamente? Pues en el preciso momento en que Hemingway se convirtió en una estrella mayor todavía que él… Esta otra foto es de una fiesta en la piscina de alguien, en Malibu. Soy consciente de yo me salía un poco del sistema de estudios, pero si me preguntas cómo era vivir en Hollywood en los años veinte, tendría que responderte que todos nosotros éramos –¡oh!- maravillosamente degenerados y felices. Teníamos un mundo propio y no dejábamos que entrasen extraños. La gente te dirá que la razón por la que un montón de actores abandonaron Hollywood cuando llegó el cine sonoro fue porque sus voces no eran adecuadas para los talkies. Esa es la historia oficial. La verdad es que el cine sonoro significó el fin de las fiestas nocturnas. Los talkies indefectiblemente exigían que cuidases tu garganta, no podías estar andando por ahí hasta la salida del sol. Por las mañanas debías aprenderte las líneas de tu guión, y prepararte para tu papel a las ocho de la mañana del día siguiente. Ahí fue cuando la maquinaria de los estudios cobró todo su dominio. Te controlaban en cuerpo y alma desde que eras sacada a empellones de la cama, por la mañana, hasta que acabado el día el departamento de publicidad de turno te devolvía a ella”.

 Brooks se detiene por un instante, contemplando imágenes de fiestas que terminaron hace medio siglo. Enseguida continúa: “Hablando de camas, aquí está Tallulah. Aunque, personalmente, nunca creí que fuese tan buena en la cama como la mayoría pensaba. Y debo decir que mi intuición para adivinar esas cosas era bastante buena. La vi una vez arreglándose para un encuentro con un plutocrático amigo suyo en el Hélice Hotel. Olvidó ponerse un anillo de esmeralda que le había regalado algunos días antes, pero no se le pasó llevarse bajo el brazo la parte del guión de una obra que ella quería que él le produjera. No quiero sugerir que esto se asemeje a las intrigas de una prostituta o algo así. Sólo se trataba de negocios… Estos son un puñado de invitados al rancho de Mr. Hearst, en San Simeon, en algún momento de 1928. La chica de pelo negro y sonrisa radiante es Pepi Lederer, una de mis más queridas amigas. Era la sobrina de Marion Davies y la hermana de Charlie Lederer, el guionista, y sólo tenía diecisiete años cuando tomaron esta foto. Mi primer marido Eddie Sutherland solía decir que si no adorabas la opulencia, ni perdías la cabeza por conocer celebridades, o no era tu intención sacar un adelanto a Mr. Hearst, San Simeon resultaba un lugar mortalmente aburrido. Supongo que tenía razón. Pero con Pepi allí la diversión estaba garantizada. Creaba una atmósfera de excitación e inspiraba a todo el mundo, allí donde iba. Y yo nunca entré a ese gran Hall que tenía Hearst sin un estremecimiento de placer. Había grandes estandartes medievales de Siena flotando sobre tu cabeza y una enorme chimenea gótica, y una mesa donde cabían cuarenta personas. Marion y Mr. Hearst se sentaban en el centro con los invitados más importantes. Al fondo se situaba Pepi dirigiendo uno de los grupos –en el que me incluía yo- que ella llamaba “los jóvenes degenerados”, y ahí era donde estaban las risas. Hearst no aprobaba que nos emborracháramos, pero Pepi tenía un amigo entre los camareros y el champán nunca nos faltaba. Podría haber sido una gran escritora, de hecho trabajó durante un tiempo en la revista trimestral de Hearst, The Conoisseur, pero fue sólo un gesto de cortesía por su parte. Nadie la tomaba en serio, no conocía la disciplina, y al final el alcohol y las drogas acabaron con ella. En 1935 murió tras saltar de la ventana de un psiquiátrico en Los Angeles. Tenía veinticinco años. Hace no mucho encontré su nombre en el índice de un libro sobre Marion Davies, y me rompió el corazón. Recordé una cita de Goethe que subrayé una vez. La tengo aquí escrita, bajo la foto: “Lo que permanece de una persona no es tanto lo que deja a la posteridad, como la alegría y el goce que produjo su vida, y los que despertó en la vida de otros”. Esa era Pepi”.

 

 

De todos los nombres que salen a la luz en las memorias de Brooks de los años veinte, hay uno por el que siente especial veneración: Charlie Chaplin. En un artículo que escribió para la revista Film Culture describió una de sus típicas actuaciones durante las fiestas privadas en las que ambos tomaron parte:

“Solía escenificar su juventud a través de cómicas pantomimas. Lo hizo en incontables escenas de incontables films. También hacía imitaciones de cualquiera. Isadora Duncan bailando bajo una lluvia de papel de WC. John Barrymore hurgándose la nariz y empollando un huevo mientras recita un soliloquio de Hamlet. Una chica “Follies” cruzando la habitación. Cuando hizo esto último me puse a llorar aunque él se apresuró a negar que estuviera imitándome. No obstante… en ese momento decidí que abandonaría para siempre ese contoneo al caminar”.

“Yo tenía dieciocho años en 1925, cuando Chaplin vino a Nueva York para el estreno de “La quimera del oro”. Me doblaba en edad, y con él tuve un affaire que duraría dos maravillosos meses de verano. Desde que me enteré de su muerte, mi mente regresa una y otra vez cincuenta años atrás, tratando de explicarme a mí misma ese encantador ser humano venido de otro mundo. No fue sólo el creador de Charlot, aunque eso sería ya suficiente milagro. Era un aristócrata que se hizo a sí mismo. Se enseñó a sí mismo ese inglés cultivado, con un diccionario que tenía en el baño de su hotel y del que aprendía una nueva palabra cada mañana. Mientras se vestía, preparaba su guión del día, diseñado para adornar ese retrato privado suyo de caballero inglés. También era un amante sofisticado, que tuvo amoríos con Peggy Hopkins Joyce y Marion Davies y Pola Negri, y un brillante hombre de negocios, además, que controlaba sus propios films y exigía un cincuenta por ciento de los beneficios brutos –lo que sacaba de quicio a Joe Schenck y a todos los que trataban de estafarle. ¿Te creerás que no puedo recordarle estando quieto? Estaba siempre sentándose y levantándose, entrando y saliendo, excepto cuando se iba a dormir, sin alcohol, sin píldoras, como un chiquillo. Herman Mankiewicz dijo una vez de él, tratando de ser malicioso: ‘La gente nunca se postró a sus pies. Más bien era él quien se dirigía a donde estaba sentada esa gente y se quedaba allí de pie’. ¡Pero cuánta atención despertaba!. Nos sentíamos hipnotizados por la belleza y la inagotable originalidad que desplegaba esta criatura brillante. Es el único genio que he conocido volcado a la vez en su vida y en su arte. Le encantaba presentarse en ropas finas, se derramaba a sí mismo en su lenguaje –incluso cuando le tocó pisar el estrado de los acusados. Lita Grey, al divorciarse de él, puso en circulación rumores muy viles sobre su afición a las niñas. A él le importó un pimiento, incluso cuando mucha gente afirmaba que su carrera estaba acabada. Todavía me enfurece que él nunca se defendiera de estas mentiras, pero lo cierto es que vivía en un plano por encima del orgullo, de los celos o del odio. Nunca le escuché decir nada malo de alguien. Vivía totalmente sin miedo. Sabía que Lita Grey y su familia estaban viviendo en su casa de Berverly Hills, planeando hundirle, y lo veías radiante y libre de preocupaciones, feliz por el éxito de “La quimera del oro” y por la nube de admiradores que se arremolinaban a su alrededor. No es que les exigiera adoración. Incluso durante nuestro affaire, él sabía que yo no lo amaba en un sentido romántico, pero no le importaba. Lo que me lleva a una de las más sucias mentiras que proliferaron en torno a él: que era un pesetero. La gente olvida que él fue la única estrella que tuvo en nómina de por vida a su ex compañera de reparto (Edana Purviance), el único productor en pagar a sus empleados el salario completo. Cuando terminó nuestro maravilloso verano, no me hizo entrega de un abrigo de pieles de Jaeckel o una pulsera de Cartier, para que yo pudiera ir mostrándolos por ahí, diciendo ‘mirad lo que he conseguido que Chaplin me regalara’. El día después de abandonar la ciudad, me hizo llegar un bonito cheque por correo, firmado por Charlie. Ni siquiera me dio la oportunidad de enviarle una nota de agradecimiento, maldita sea”.

Los recuerdos de Brooks vinculados a Europa, ya al final de los veinte, comienzan con la imagen de un fornido y bien parecido hombre de pelo negro, apeándose de un tren: George Preston Marshall, el millonario que fue su habitual compañero de cama y constante consejero entre 1927 y 1933. “Si te importa tanto “La caja de Pandora”, debes estar agradecido a Marshall”, me dice. “Cuando me ofreció el papel yo nunca había oído hablar de Pabst. Fue Marshall quien insistió en que debía aceptar su oferta. Era un fanático del teatro y de las películas, y dormía con todas las chicas bonitas del show-business que era capaz de encontrar, incluidas algunas de mis mejores amigas. George me llevó a Berlín con la compañía de su ayuda de cámara inglés, quien bajó del tren borracho perdido y se cayó cuan largo era a los pies de Pabst”.

La colección de recuerdos personales de Brooks no contienen nada relacionado con la actriz a la que ganó por los pelos en su carrera por hacerse con el papel de Lulú, y de quien no habla muy caritativamente: “¿Dietrich! ¿esa cosa? Ella fue una de esas chicas bonitas-pero-mudas, como yo, de esa categoría que se cree más lista que los demás y llevan a la gente a su terreno. Pero tal vez me dejo llevar por los celos, creo que es amiga tuya, ¿no es así?”. Para compensar sus palabras, Brooks elogia el papel de Dietrich en “The Blue Angel”, y luego, dejándose llevar por un pensamiento o impresión, se interrumpe a sí misma: “Hey, ¿por qué no pedimos a Marlene que venga desde París? Podríamos trabajar juntas en nuestras memorias. Mejor todavía, ella podría escribir sobre mí y yo sobre ella: ‘Lulú por Lola’, y “Lola por Lulú”.

Por decirlo educadamente, en cualquier caso, Dietrich no se corresponde exactamente con la idea de una diosa del cine según Brooks. Pero cabe preguntarse quién lo es, aparte de Margaret Sullavan, cuya voz, como sabemos, reverenciaba. Unos meses después de nuestro encuentro en Rochester, Brooks me enviaría una carta citando a otro inesperado objeto de admiración. En ella, escribe:

“Acabo de escuchar en la radio un programa de Toronto. Había una conferencia de prensa con Ava Gardner, que está rodando una película en Montreal. Su belleza nunca me ha parecido gran cosa, y sólo he visto uno de sus films, “La noche de la iguana”, en el cual juega un papel pasivo que revela su poder de seducción pero poco más. En la radio, sentada en la habitación de un hotel, provocada por toda esa batería de preguntas, no dijo nada especialmente nuevo o emocionante, sólo cosas del estilo de “Sinatra podía ser muy agradable o un bastardo –sírveme otra copa, querido – he hecho cincuenta y cinco películas y la única de la que he llegado a entender algo es ‘Las nieves del Kilimanjaro’…’”. En su conversación no aludía a grandes interpretaciones, o al sexo o a la belleza, no había tampoco trazas de intelectualidad o filosofía. Oyéndola, me sentí a gusto por primera vez en mi papel de estrella de cine, nada que ver con el arte del teatro. Ava es en esencia lo que yo pienso que debería ser una estrella del cine: una persona hermosa con una personalidad única y misteriosa, no contaminada por Hollywood. Y me pareció tan fuerte. No tomó el camino de la huída, como Garbo, para evitar ser engullida por la maquinaria… Lo que debería averiguar es si yo alguna vez, como a veces me imagino, tuve algo de esa cualidad que hace a Ava brillar con su propia luz”.

La siguiente fotografía que Brooks saca de sus sobres manila la muestran a ella misma, inescrutable y un tanto desvalida en un vestido de noche de lentejuelas, sentada en una mesa con un puñado de hombres de esmoquin y finos bigotes, corbatas negras y cuellos apretados. Todos ellos parecen farfullar a sus teléfonos y reír histéricamente. Ninguno mira a Brooks. Tras ellos puedo distinguir unas paredes forradas de madera de roble y un camarero fuera de foco, con la mirada fija de un pez y un fuerte parecido a Louis Jouvet. “Ya imaginarás dónde se tomó esta foto, claro”, me dice Brooks.

Lo siento, pero no tengo ni idea.

“¡Pero si es Joe Zelli’s!, exclama. “Zelli’s era el nightclub más famoso de París. No puedo recordar los nombres de estos tipos, pero el que está en el extremo derecho solía tomar éter. El de mi izquierda era medio sueco y medio inglés. Viví con él en varios hoteles. Aunque era muy joven, tenía un suave pelo blanco, así que le llamábamos Eskimo (esquimal). El que está sentado a su lado murió justo al día siguiente, pobre chico. Fue hecho trizas por la hélice de una lancha en Cannes”.

Cuando pienso en los años veinte, ahora, siempre recuerdo ese cuadro histérico en Zelli’s, y al joven tan serio en el centro de la foto.

Del más grueso de los sobres, Brooks extrae ahora dos tomas. Sonriente con un sobrero ajustado, Brooks está de pie hombro con hombro con un tipo bajo y rechoncho de aspecto autosuficiente. Lleva un sombrero Homburg, y también gafas de metal y corbata; en otra lo vemos vestido igual, luciendo un pluscuamperfecto corte de pelo; se puede adivinar que se halla en sus primeros cuarenta. “El Señor Pabst”, dice ella simplemente. “Es de 1928, en Berlín, durante el rodaje de “Pandora’s Box”. Yo llegué, como ya te dije, con George Marshall, y Pabst no lo tragó desde el principio, porque me llevaba por ahí por las noches, de club en club. Unas cuantas semanas más tarde Marshall regresó a estados Unidos y Mr. Pabst me encerró en mi hotel hasta que finalizó el rodaje. Todos creían que se había enamorado de mí. En las raras ocasiones en que fui a su apartamento a cenar, su mujer, Trudi, se fue dando un portazo. Mr. Pabst era un hombre muy respetable, pero tenía la mayor colección de fotos obscenas que puedas imaginar. Incluso tenía una de Sarah Bernhardt desnuda con un abanico negro. ¿Sabías que durante los años veinte era costumbre que las actrices europeas enviasen fotografías suyas de desnudo a los directores?. Él las tenía a todas. En cualquier caso, no hubo nada sentimental entre él y yo en Berlín. No obstante… en 1929, cuando él estaba en París tratando de arreglar lo de “Prix de Beauté”, salimos a un restaurante a cenar y yo me comporté bastante escandalosamente. Por alguna razón golpeé en la cara a un amigo suyo con un ramo de rosas. Mr. Pabst se horrorizó. Me sacó a empellones y me llevó a mi hotel, donde -¿qué puedo decir? ¡es mi carácter!- resolví acabar con su disgusto ofreciéndole la mejor actuación sexual de mi vida. Me tiré al heno y me entregué a él en cuerpo y alma. (Su voz es jubilosa aquí). Él reaccionó como si nada parecido le hubiese sucedido nunca. ¿Sabes tú cómo algunos hombres se cuelgan medallas cuando creen que han conseguido excitarte?. Se muestran radiantes ante el mundo. A la mañana siguiente, Pabst estaba tan pletórico que ni siquiera era capaz de mantenerse derecho. Esa es la razón por la que pospuso “Prix de Beauté” y se las arregló para rodar antes “Diario de una perdida”. Quería que el affaire continuara. Pero yo no estaba de acuerdo, y al volver a Berlín fue como si el cuento de “Pandora’s Box” comenzase de nuevo. Sólo que esta vez quien me acompañaba era Eskimo, mi chico de pelo blanco de Zelli’s”.

Brooks ríe ligeramente, recordando la escena. “Mr. Pabst estaba allí en la estación para recibirme. Se quedó con los pelos de punta cuando yo bajé del tren acompaña de Eskimo. Además me había salido una verruga en el cuello, y Eskimo me había cerrado la puerta del tren en los dedos. Mr. Pabst me echó una escueta mirada, dijo que yo tenía trabajo a la mañana siguiente y me llevó directamente a ver a un doctor, que quemó la verruga. Si te fijas con atención, en las primeras secuencias de “Lost Girl” puedes distinguir la tirita en mi cuello. Me sentí muy mal hiriendo los sentimientos de Mr. Pabst con Eskimo, pero yo simplemente no podía repetir aquella noche con él. La ironía, que Pabst nunca supo, es que aunque Eskimo y yo compartíamos la habitación del hotel, no nos acostamos hasta mucho más tarde, con el rodaje de “Lost girl” concluido y cuando él y yo pasábamos unos días de relax en París. ‘Eskimo’ –le dije, la noche antes de que nos separáramos-, ‘esta es la noche’. Y lo fue. Como de costumbre, la primera y la última para Louise Brooks”.

 

Más fragmentos de Brooksiana:

Yo: ¿Crees que hay países que producen amantes especialmente buenos?

Brooks: Los ingleses son los mejores. Y los sacerdotes irlandeses los peores.

Yo: ¿Cuáles son tus películas favoritas?

Brooks: “Un americano en París”, “Pygmalion” y “El mago de Oz”. Por favor, no te sientas decepcionado.

Yo: Todas ellas muestran visiones de sueños consumados. Un marinero americano de permiso junto a una joven bailarina vagabunda en un campo de juegos llamado París. Una muchacha del East End que termina siendo celebrada por toda la clase alta de Londres. Y una niña del estado donde tú naciste que descubre, tras un viaje a un mundo mágico, que la felicidad siempre estuvo en el punto de donde partió.

Brooks: Decepcionado, ¿no?

Yo: En absoluto. Son films de primera magnitud. Y todos tienen aspectos de ti misma.

Postscriptum de una carta que Brooks me escribe después de nuestro encuentro: “¿Puedes darme una razón para estar sentada aquí en esta cama, volviéndome loca, sin una maldita excusa para seguir viviendo?”. Yo puedo pensar en más de una: a) recibir homenaje a través de mí de todos aquellos que celebran las imágenes que ella nos dejó, capturadas en celuloide; b) dar el placer de su conversación a todos aquellos que buscan su compañía; c) apaciguar la sed de conocimiento que ha buscado en los libros; y d), comprobar la verdad de un comentario que ella misma dijo a un amigo: “El filósofo Ortega y Gasset escribió una vez: ‘Todos somos criaturas perdidas. Solamente cuando admitimos esto, se nos da la ocasión de encontrarnos’.

A pesar de los numerosos hombres que se han cruzado en su trayectoria, Brooks eligió su propio camino. Ha volado sola. El precio a pagar por ese individualismo es, inevitablemente, la soledad, y su soledad es prefigurada por uno de los comentarios más penetrantes que ella misma ha entregado a la imprenta: ‘El gran arte de las películas no consiste en la descripción de los movimientos del rostro y del cuerpo, sino de los movimientos del pensamiento y del alma transmitidos a través de una especie de intenso aislamiento”.

Cuando me levanto con objeto de abandonar su apartamento, Brooks me hace un regalo: un precioso volumen titulado “Louise Brooks: Retrato de una Anti-Star”. Publicado en París en 1977, contiene un estudio gráfico de su carrera, junto a ensayos diversos, críticas, y poemas que celebran su belleza y su talento. Junto a su firma escribe una dedicatoria, el epitafio que ha escrito para ella misma: “Nunca entregué nada sin desear conservarlo para mí, ni retuve nada alguna vez sin desear dejarlo ir”. El libro incluye también un relato del árbol genealógico de Brooks, que me detengo a examinar. Termina con este párrafo, aquí reproducido de su original inglés:

“A lo largo de los años sufrí pobreza y rechazo y llegué a creer que mi madre me había educado para una libertad inalcanzable, la certeza de una desilusión. Luego… estuve… confinada en este pequeño apartamento en esta ciudad alienada de Rochester… Mirando a mi alrededor, vi millones de ancianos en mi situación, lamentándose como marionetas perdidas porque estaban solas y no tenían a nadie con quien hablar. Pero ellos habían sido esclavizados por hábitos y costumbres destinados a constreñir sus vidas dentro de sus cálidos cuerpos. ¡Yo fui libre! Aunque mi madre dejó de darme calor en 1944, ella no me ha olvidado. Me conforta con cada libro que leo. Una vez más tengo cinco años, me apoyo en su hombro, repito las palabras que ella pronuncia al leer en voz alta “Alicia en el País de las Maravillas”.

Ella insiste en levantarse de la cama para acompañarme a la puerta. Antes hemos estado hablando de Proust y ha recordado su máxima de que el futuro nunca puede ser predicho desde el pasado. Libre del pasado, pienso, de toda su extrañeza, ¿quién sabe qué futuro aguarda?. “Otra cosa de Proust”, dice Brooks, apoyada en su bastón junto a la puerta, “es que no importa cómo vistiese a sus personajes en sus roles sociales, los lectores sabemos siempre cómo son ellos sin máscara, totalmente desnudos”. Como nosotros lo sabemos, deduzco yo, viéndola a ella actuar. Le doy un beso de despedida, me ajusto mi propia máscara –fuera, hace una tarde fría- y me uno a los otros enmascarados en las calles de Rochester.

Louise Brooks

Kenneth Tynan

© Kenneth Tynan Estate

This article originally appeared in The New Yorker in 1979.

6 comentarios:

Sap. dijo...

Gracias por habernos descubierto la maravilla de Miss Brooks.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Gracias a tí, my friend!

solodaniela dijo...

gracias , es increhible l el talento que tuvo louise brooks ,
ella fue libre!!!!
a seguir su ejemplo...

C. dijo...

Es impresionante. No sé desde cuando fue publicado este artículo, pero hoy, a dos días de examinarme de Historia del Cine, me dan ganas de aprendérmelo entero, escribirlo y darlo a conocer. Si antes admiraba a Louise Brooks, ahora necesito mantenerla en mi vida, no sé cómo lo voy a hacer, pero lo haré

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Tus palabras son en sí mismas un bonito homenaje a Miss Brooks, C. Espero que te aficiones al cine mudo, nada mejor que el blog de Herr Ferdinand von Galitzien para zambullirse en ese maravilloso mundo perdido

http://ferdinandvongalitzien.blogspot.com/

DudaDesnuda dijo...

Me gustaría poder decirle a Brooks que, sí. Que brilla. Que acabo de conocerla, gracias a tu Blog, y ya lamento su pérdida. Hay menos luz en el mundo y yo no supe hasta hoy.

Gracias.

Besos y luces

Publicar un comentario en la entrada