H.H. EWERS: DE CÓMO ONCE CHINOS DEVORARON A SU NOVIA

Esta es una historia sobre sodomía y bestialismo. La mayor parte de la gente ni comprende estas cosas ni siente agrado por ellas. No tiene importancia, pero de haber nacido tártaros no cabe duda de que las hubieran encontrado muy graciosas.

Si algo relacionado con este tema es llevado a la Corte de Justicia, el juez, el fiscal, el abogado y hasta el secretrio del juzgado reprimirán una sonrisa. Solamente la opinión pública será incapaz de encontrarle el humor. Está fuera de discusión porque la moralidad del pueblo no puede ser puesta en entredicho de ninguna de las maneras.

Así que disfrutad esta historia sobre el duelo de nuestra singular familia. Naturalmente se trata de algo inofensivo que nunca lanzará a nadie a las fauces de la sodomía o el bestialismo. En particular después de haber leído recientemente que llevar a la práctica semejante abominación condujo a un pobre diablo a la cárcel durante dos años. ¡Sólo por no poder resistirse a pasárselo bien!

Que en efecto es, todavía, algo humano a los ojos de la ley. Pero si echamos un vistazo a la antigüedad lo cierto es que las cosas no siempre fueron tan fáciles. Hemos aprendido cómo la ira de Dios cayó sobre las corrompidas ciudades de Sodoma y Gomorra, destruyéndolas hasta los cimientos. Sólo el noble Lot y sus hijas fueron salvados. Su mujer, en cambio, se convirtió en una estatua de sal solamente por el hecho de girarse a echar un vistazo a esas ciudades blasfemas.

Sin embargo la familia de Lot no fue siempre un ejemplo de moralidad y buenas costumbres. La postura original de este clan tan temeroso de Dios fue tal que tuvo que ser Él expresamente quien tomara cartas en el asunto... ¡enviando un puñado de ángeles para advertirles!. Ante ello, Lot no dudó en emborracharlos con vino y les suplicó y rogó, hasta el punto de ofrecerles a sus propias hijas para que hicieran de sus vientres cuanto quisieran.

¿Qué es lo que estáis pensando? ¿Que tenían que ser realmente bonitas las hijas de Lot, para que su padre necesitase emborrachar a los ángeles?

Pero esta pretende ser una historia cómica, a pesar de la sangre y el fuego caídos del cielo. Tan cómica como cualquiera de las abominables variantes que de la sodomía puedan ejecutarse en estos tiempos.

Sí, los sodomitas han sido con frecuencia horriblemente castigados: crucificados, divididos en varias partes, ahogados, triturados en la rueda de tormento, quemados en la estaca, y a pesar de ello ¡todavía existen!. La mala hierba de la sodomía y el bestialismo crece de nuevo una y otra vez, a lo largo y ancho del mundo. No existe jardinero lo bastante eficaz como para erradicarlas del jardín de la humanidad. La apasionada lujuria humana nunca dejará de explorar todos los posibles deseos de la carne. Su latido se deja oír en el campo y en la ciudad. Aquí y allá, ese falso Dios, Sodoma, exige su sacrificio.

La segunda mitad del siglo XI fue un período floreciente en lo que a la sodomía respecta: se dio en la Orden de los Templarios, la infame sociedad secreta de sodomitas. Un pequeño grupo de sodomitas convencidos existió también en Sicilia y en el Abruzzo. La cabeza de su organización se encontraba en la India.
Hoy día, en el sur de China, en buena parte de Túnez y en lo más profundo del Cáucaso existe una abominable comunidad de sodomitas en cuyos templos se guardan celosamente secretas técnicas amorosas. Y tienen seguidores en todas las ciudades del mundo. En cualquier país que se nos ocurra, ya sea en esta ciudad o en aquella, la sodomía y el bestialismo florecen en este preciso instante. Primero es un pájaro; al poco, alguna bestia de cuatro patas que se hace extrañamente popular.

La corte de la venerable ciudad de Mettmann, en la zona del Rhin, ha sido siempre conocida por producir casos tan graciosos como graciosos los castigos que acarreaban. Mi amigo, el Juez de Paz John, incluso tomó la decisión de dedicar al tema su tesis doctoral: “Origen y Desarrollo Cultural Común del Distrito de Mettmann y el Segundo Párrafo del Estatuto 175 R-G.B desde el Siglo XII hasta Hoy”. Pero la Facultad de Heidelberg no simpatizó con el proyecto. Le sugirieron centrarse, por contra, en el endeudamiento del distrito de Hubbelrath lo que ciertamente es algo importante, pero ni la mitad de gracioso.

Nadie puede negar que la sodomía y el bestialismo revisten un lado cómico. Desde el “Asno de oro” de Apuleyo* hasta los tiempos actuales hay una larga cadena de anécdotas hilarantes. Todas ellas, pequeños crímenes inofensivos. Es una verdadera lástima que la literatura médica no se haya dedicado a consignar estos casos. Sólo constan en las actas de los juzgados, y ello por las terribles penas que acarreaban.

No vayáis a pensar que sobre ello sólo chismorrea la gente común, también la clase alta, la así llamada “chusma ilustrada” lo hace. La masa tiende a reírse con estas anécdota, pero también Boccacio, Aretino, Voltaire, Goethe y Balzac han hecho brillantes chistes al respecto.

Uno de los poemas sarcásticos de Heine comienza así:

"Zu Berlin im Alten Schlosse,
Sehen wir in Stein gemetz
Wie ein Weib mit einem Rosse
Sodomitisch sich ergotzt."

“Cincelado en las viejas piedras
De un antiguo castillo en Berlín
Vemos cómo una doncella y su caballo
De la sodomía hacen festín”

La familia real no ha olvidado todavía estas burlonas imágenes sobre sus ancestros, representadas en la lujuriosa jinete grabada en piedra. ¿Cómo podrían realmente tomárselo en serio? Federico el Grande siempre se congratuló de ello, lo que no le impidió censurar un borrador que Voltaire había comenzado sobre él y sus famosos galgos. A Federico, además, siempre le divirtió la ilustración del francés para “Pucelle”, que muestra a la virgen Juana de Arco en el momento de entrar en su alcoba acompañada de un asno, después de la conquista de Orleáns. En realidad, Voltaire pretendía representar el amor entre la doncella y la Iglesia Católica, simbolizada en el asno.

Se tiene constancia de esta clase de chanzas desde el siglo XVIII, no ya por parte del pueblo sino de las mismas autoridades que gobernaban a ese pueblo. Los Lores revisaron y reescribieron un viejo juicio a un pobre desgraciado sorprendido en medio de alguna obscenidad con una cabra y condenado a arder en la hoguera. “El ofensor debe arder”, sentenció la Ley. Los astutos Lores transcribieron por su parte: “Que se cumpla la sentencia y la cabra arda”.

Federico el Grande fue un gran amante de los animales con un gran sentido del humor. Cuando un miembro de su caballería fue encontrado haciendo el amor con su yegua hizo colgar a ambos, con un cartel en el que se especificaba el delito: “Por haber querido ser transferido a la infantería”. Hoy difícilmente se hubiera informado a sus compañeros del tema.

La práctica de la sodomía y el bestialismo, secretamente florecientes durante la I Guerra Mundial, llegó al punto de generar constantes chistes. Una vaca fue conocida entre los soldados como “La señorita Sargento Mayor en el Este”, y semejante tipo de desposamientos entre soldados y bestias de a cuatro patas se dio en todos los ejércitos implicados en la guerra.
Que es simplemente como las cosas son, y ningún Juez ni ningún clérigo logrará cambiarlas. Todo el mundo ha oído decir que centauros, faunos y otras bestias mitológicas proceden del ayuntamiento de humanos y otras especies animales. Se acepta sin más y nadie se rasga las vestiduras.

Lo mismo ocurrió con esta aventura –incidentalmente sangrienta- de los once chinos que me dispongo a relatar. Un singular amor al que sería equivocado juzgar severamente por nuestra parte.

Bueno, pues todo empieza con estos once chinos de Chicago.
Pero no, creo que debo empezar de otro modo. Mi amigo Fritz Lange vivía en Chicago. Era dueño de un negocio de lavanderías. En realidad, sería más justo decir que era un tasador de fincas al que le encantaba apostar en las carreras de galgos; pero esa es otra historia.

Solamente en América puede un hombre entregarse con libertad a su vocación: camarero, friegaplatos, hombre-anuncio, chico de las mudanzas o cualquier otra cosa. Fritz fue extremadamente afortunado y se casó con la hija del propietario de una pequeña lavandería. Comenzó a trabajar allí para aprender cómo se llevaba el negocio, y de ese modo poder seguir manteniéndolo a flote cuando el viejo muriera. Ahora es dueño de una cadena de establecimientos repartidos por toda la ciudad.

Un día acudió a mí presa de la excitación. Necesitaba que le echase una mano con un asunto. Once de sus trabajadores habían sido arrestados. Once chinos, se entiende, ya que los chinos son de largo los mejores y más baratos empleados del gremio que uno puede encontrar. Fritz sabía que yo era la persona adecuada porque casualmente conocía al juez que llevaba el caso.

Se trataba del juez Mc Ginty, con quien yo me reunía dos veces a la semana para jugar al póquer. Ginty era un tipo sociable de gran conversación. Por lo visto se resistía a poner en libertad a los chinos demasiado fácilmente, e iba a ser una tarea complicada convencerlo de ello. Los once individuos habían dado una soberana paliza a un desgraciado rapaz de catorce años, un pillo irlandés de pelo rojo llamado Jackie Murphy.

“¿Por qué hicieron eso?”, le pregunté.

“Sedujo a su novia”, dijo Fritz Lange.

“Mala cosa”, opiné. “El juez Mc Ginty es un buen hijo de Irlanda y es seguro que se inclinará por apoyar al chico antes que a los hermanos amarillos. De todas formas, intentaré hacer algo con ayuda de algunos whiskies”.

“¡Es un asunto delicado!”, se lamentó mi amigo Lange. “¡La novia!... Así es como mis chinos la llaman. Pero no es la novia de uno, ¡es la novia de los once!. Para ellos no es sólo una novia. En fin, para decírtelo claramente, esta novia no es un ser humano. ¡Es una cerda!”

“¿Y Jackie la sedujo?”, pregunté.

“Correcto”, asintió mi amigo. “Los chinos apenas necesitan nada para sobrevivir en esta ciudad. Se limitan a ahorrar y ahorrar día tras día y año tras año esperando el momento en que puedan volver a su país con el bolsillo lleno. Sólo hay una cosa a la que no pueden renunciar y es a su necesidad de carne fresca, les da igual la carne de quien sea. Son lascivos como monos y no pueden evitarlo. Debieron coger parte de sus ahorros y se compraron esta cerda. Desde un punto de vista económico no deja de ser una buena idea, difícilmente encontrarías otra solución más barata”
“Viven todos hacinados en el sótano de un apartamento – continuó- y la cerda vive allí con ellos. Jackie, que es el hijo del casero, se escondió en algún sitio y pudo ser testigo de esa obscenidad. Luego, cuando mis chinos regresaron a su puesto de trabajo, bajó al sótano y se metió en el corral con la amante. Y con él la cuenta sube a doce. Cuando lo descubrieron, los chinos se volvieron locos de celos y apalearon al chaval casi hasta matarlo”.

“¡Por Dios!”, dije. “La cosa no pinta muy bien. ¿Sabe el juez Mc Ginty todo esto?”

“Por supuesto que lo sabe”, respondió Fritz Lange. “Su padre hizo que los arrestaran a todos. Se disculparon por su atrocidad y por haber golpeado al chaval, pero cuando se enteraron de que iban a ir a prisión comenzaron a gritar que Jackie también se había acostado con ella. Fue así como el padre se enteró de lo que realmente había pasado”

“¿Y qué pasó luego?”

“La pena mínima según la ley del estado de Illinois es de doce años. Aquí no son tan tolerantes como al otro lado del océano. ¡Perderé a mis mejores empleados!. Pero todavía hay una esperanza. El caso todavía está en manos de la policía, no ha llegado a los juzgados. Siempre he mantenido buenas relaciones con la policía. A ti te necesito para que hagas algo con el juez Mc Ginty”

Buscó en su maletín y extrajo una piedra, que resultó ser jade imperial de un glorioso color verde, realmente maravilloso de ver, incrustado en turquesa. Su valor llegaría sin duda a unos cuantos cientos de dólares.

“Mira”, me suplicó. “Los tipos me han dado esto. Se trata de algo muy valioso que puede ayudar a sacarlos del aprieto. Llévaselo al juez Mc Ginty, creo que accederá a discutir contigo”.

Así que tomé la piedra y fui a ver a Mc Ginty, pero en ese momento no estaba en su casa. Me recibió su mujer. Era bonita y distinguida a pesar de sus cincuenta y cuatro años y me hizo objeto de grandes atenciones. Con alegría, le mostré el trozo de jade; sus ojos se abrieron desmesuradamente.

“He recibido esto como un regalo”, dije a media voz. “Me preguntaba si le interesaría a su marido. Actualmente tengo una gran necesidad de unos cientos de dólares”.

En ese momento llegó Mc Ginty.

“¡Cómpralo!”, gritó dirigiéndose a él. “Siempre he querido tener una piedra como esta. No te costará demasiado, sólo…”

El juez cogió la piedra, la observó y luego la dejó encima de la mesa.

“Tenga la amabilidad de acompañarme”, me dijo. “Prefiero que ella no escuche lo que tengo que decirle”.

Me llevó fuera, ignorando a su esposa que se quedó allí ofreciéndome cincuenta dólares y suplicando con las manos.

“¿De qué va todo esto?”, me preguntó ya en la calle.

“Verá”, dije, “Se trata de estos chinos que fueron arrestados ayer. Mi amigo Lange tiene necesidad de que sus empleados regresen a sus puestos de trabajo. Ayer le entregaron esta piedra para que la vendiese y poder así organizar su defensa”

Mc Ginty me miró con dureza.

“Ponerlos en libertad no estaría bien”, comenzó. “¿Qué sabe usted exactamente sobre el asunto?”

“Pues nada especial”, mentí. “Que dieron una paliza a un chico de catorce años”

“¿Nada más?”, me preguntó el honorable juez.

Hizo un guiño y me dio con el dedo en las costillas.

“Pues no recuerdo nada más del asunto”, me reí.

Él también se rió para sí, y luego continuó.

“Bien, compraré la piedra ya que mi mujer la desea con tanto fervor. Pero no puedo darle por ella más de diez dólares. Eso es suficiente para que los chinos organicen eficazmente su defensa. Vaya a ver cuanto antes a Jim Mc Namus, el abogado, usted lo conoce. Dele los diez dólares a él. Espere un minuto…”, sacó otro dólar que unió al montón. “Eso hace un dólar por cada chino. El bribón de Murphy deberá encargarse de la defensa de su hijo, ya que es irlandés. No se preocupe, no protestará”.

“Dígale a Mc Namus que esté en el juzgado a las seis en punto de esta tarde –añadió- para que así podamos librarnos de este asunto de una vez. Ahora, por favor, discúlpeme. Voy a ver a darle a mi mujer esta bagatela que tanta ilusión le ha hecho”

El juez Mc Ginty sabía lo que estaba haciendo. Esa tarde fui al juzgado de lo penal. Un policía me puso al corriente: los once chinos habían dado una paliza al joven Murphy. El chaval no declaró nada. Los chinos no declararon nada. La defensa solicitó una sentencia leve.

El juez Mc Ginty ordenó que cada uno pagara un dólar al Estado y otro más por daños al padre del joven. Fritz Lange inmediatamente pagó los veintidós dólares y además otros veinticinco por los costes del procedimiento. Todo el mundo se fue a casa contento. El asunto no llevó más de cinco minutos de reloj.

Un semana más tarde, Fritz me detuvo en la calle. Me rogó que fuera con él a ver a los chinos, querían darme las gracias. De modo que fui. Bajamos al sótano, estaban los once y también se encontraba allí el pequeño bribón pelirrojo de Murphy.
Fueron muy corteses conmigo, ofreciéndome Sake y un poco de arroz. Entonces comenzó el festín: salchichas de cerdo.
Habían prometido que no volverían a hacerlo; así que mataron a la cerda, la descuartizaron y ahora se la estaban comiendo con envidiable apetito.

Me tengo por un tipo escaso de prejuicios y moderadamente abierto de mente. Y tampoco soy un experto culinario. Pero debo admitir que aquello fue demasiado para mí.



01 Hinko Smrekar, illus. for Krpanova kobila by Ivan Cankar, 1907

Illustration via A Journey round my skull.blog

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