Tod Robbins: The Spirit of the Town. Cap. IV

Cuando desperté ya era de día. Durante mucho tiempo permanecí echado con los ojos cerrados, sin ningunas ganas de abrirlos. La cabeza todavía me daba vueltas por los excesos de la noche anterior, y todo mi cuerpo se sentía mortalmente enfermo. Mi boca y mi lengua estaban tan secas como la yesca. Mis manos, pies y sienes palpitaban por la fiebre, como si hubiese estado expuesto durante horas al sol del trópico.

A través de mi cerebro enfermo se me representaban todas las escenas de la noche anterior. Me maldecía por haber sido tan estúpido. Incluso el recuerdo de Papá Noel venía teñido de amargura, y al acordarme de las las frases que había escuchado justo antes de perder el conocimiento me asaltaban inquietantes dudas sobre su sinceridad, como nubes negras invandiendo mi espíritu.

¿Habían sido estos dos ancianos tan solo unos jugadores de cartas excepcionalmente buenos, que se habían aprovechado de mi inocencia y de mi egoísmo para robarme? Me preguntaba. No, me respondía, era imposible que me hubiesen engatusado hasta ese punto. Debía haber imaginado toda la escena de la partida de póquer, como consecuencia de la borrachera, y el dinero seguro que todavía estaba en mi cartera.

Abrí los ojos y con manos temblorosas registré las ropas que colgaban sobre mi cabeza. Al final encontré la cartera, la abrí y la encontré vacía.

Mi primer impulso en ese momento fue llamar al revisor y contárselo, pero deseché la idea enseguida. Yo era sólo un tipo al que habían desplumado en una partida de póquer, y nada más. No tenía ganas de que todo el mundo supiera lo ingenuo que había sido y luego tener que soportar sus burlas. Odiaba la burla tanto como la compasión. No, me lo callaría, guardándomelo sólo para mí.

Me recliné en el asiento con un gemido y contemplé el paisaje con ojos vacíos.

Era el peor revés que el destino me había deparado hasta el momento, y me había alcanzado en plena cara. Aquí estaba un jovenzuelo orgulloso de sí mismo y de su gran conocimiento, estafado por los primeros timadores que se habían cruzado en su camino. Cómo debían haberse reído, pensaba, mientras me halagaban y daban palmaditas en la espalda. Cómo debían haber disfrutado, los malditos.

Creo que de haber tenido en mis manos en esos momentos el cuello de Papá Noel, lo hubiese estrangulado y retorcido hasta convertirlo en pulpa. Y mi rabia todavía era mayor cuando pensaba en el falso clérigo; no podía perdonarle sus últimas palabras, ni el tono de conmiseración con que las pronunció; “Bueno, el pobre chaval no puede más”, había dicho. Me retorcía en la silla al evocarlas. Por primera vez me ví a mí mismo a la luz de la realidad: un pobre e ignorante paleto con una superlativa opinión de sí mismo. Eso me hizo sentir desnudo, y tuve miedo.

“Jefe, hora de moverse. Llegamos en una hora”.

Me volví de golpe y me encontré con la afilada cara del revisor, que sonreía de oreja a oreja.

“Está usted muy pálido, señorito”, continuó, observando mi cara. “¿Quiere que le traiga algo? ¿tal vez una copa?”, y soltó una carcajada, desapareciendo tras las cortinas.

La sola mención del whisky hizo que volvieran el mareo y la angustia. Con un gran esfuerzo de voluntad me levanté tambaleándome y empecé a vestirme. De vez en cuando me tenía que agarrar a las cortinas para no caerme, cuando el tren se movía más de la cuenta o tomaba un giro inesperado. Al coger los pantalones escuché el agradable entrechocar de monedas y descubrí que todavía tenía unos tres dólares.

Esto me alivió un poco, y finalmente me decidí a poner a prueba mis débiles piernas saliendo del departamento de fumadores. Había bastante pasajeros en camiseta entrando y saliendo de los lavabos. Me abrieron paso, y pude deslizarme a través de ellos.

“Bonita resaca”, oí que decía un hombre, cuando metí la cabeza bajo el grifo y me remojé con agua fría.

“Sí”, respondió otro, “debe haber estado soplando toda la noche, estos chicos del sur sí que saben darle bien a la botella”.

Todavía es un misterio para mí cómo este hombre supo que yo era del sur, pero lo cierto es que estos viajeros parecen tener el sexto sentido de los detectives. Sea porque mientras viajan continúan poniendo en práctica ese talento con el que se ganan la vida, o porque no saben hacer otra cosa, lo cierto es que los sabuesos abundan en cualquier tren. Cuando entré al vagón-restaurante me sentí un poco mejor. Incluso intenté desayunar algo; pero cuando el sonriente mozo puso cerca de mí un zumo de uva que apestaba a ron tuve que darme por vencido. Es cierto pude tomar un café sin devolverlo allí mismo, pero ese fue mi límite.

Ojeaba una revista sin comprender una palabra de lo que leía cuando el revisor se acercó. Permaneció a mi lado durante un rato sin mediar palabra. “Bueno”, dijo al final. “Se bajaron en Trenton. ¿Cuánto te han limpiado?”

“¿Quiénes?”, exclamé irritado, abandonando mi acostumbrada calma.

“Tubby Johnson y Dopey Kelly, quiénes van a ser”, contestó de malos modos.

“¿Tubby Johnson y Dopey Kelly?”, repetí confuso.

“Los dos colegas con los que intimaste ayer noche. Así es como se hacen llamar cuando suben a este tren. ¿Cuánto te han limpiado?”

“Uno de cien”, balbuceé tragándome mi orgullo. “Me dejaron tieso”

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“Ese par conseguiría colarse en el cielo por su cara bonita”, dijo el revisor. “¿Utilizaron el método habitual, te largaron todo ese cuento de cuando estudiaban en tu misma universidad y todo eso?”

“Sí”, respondí, “y es que lo hicieron, conocían el nombre de los profesores, y lo sabían todo de allí”

El revisor emitó una risa seca. “Es el anzuelo típico”, dijo. “Ninguno de los dos ha pisado una universidad en su vida, pero por aquí pasan muchos estudiantes de viaje y puedes apostar a que a estas alturas ese par conoce hasta el último rincón de cada escuela del país. Lo más bonito es que esos estudiantes han pagado un alto precio por tener el honor de ilustrarlos. Son listos como zorros, y tan buenos en lo suyo que nunca han tenido problemas con la ley. Traté de ponerte sobre aviso, cuando respondí de ese modo a Dopey Kelly, pero supongo que por entonces ya te tenían bien cogido”, y se despidió con un grave saludo de cabeza.

Estábamos entrando en los suburbios de la ciudad. Filas de casas de ladrillos desfilaban como relámpagos por la ventanilla, y de vez en cuando tenía una momentánea visión de una rostro tras los cristales, una imagen que pasaba por mi vida con la velocidad del tren para no volver jamás. Una familia sentada a una mesa desayunando. Una mujer tendiendo la ropa; todo como fragmentos de un sueño cambiante.

Ver todo esto sin duda me habría afectado más de lo que me afectaba, si mi mente hubiese estado en condiciones. Acerqué mi cara a la ventana, mirándolo todo con ojos lúgubres, sin asimilar apenas nada de lo que se ofrecía a mis ojos.

Se produjo un gran ruido, como de mil martillos golpeando el metal y atronando en mis oídos, y el tren se detuvo. Al fin había llegado a la ciudad, la gran y gloriosa ciudad que se inclinaría ante mi genio y me acogería en su seno.

“¡Todos fuera!”, gritó el revisor al pasar junto a mí. “Hora de bajarse, jefe”.

 

The Spirit of the Town V

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